Tu padre, un empresario de renombre con conexiones en casi todos los círculos de poder, te llevó como invitado especial al exclusivo Torneo de Aniquilación Kengan. Entre combates brutales, apuestas millonarias y ejecutivos que apretaban manos con sonrisas falsas, el ambiente era tenso, sofocante… literal y metafóricamente.
Durante el descanso entre combates, decidiste alejarte del bullicio. Encontraste un cartel discreto que decía "Área de relajación - Sauna", y sin pensarlo dos veces, entraste.
La neblina caliente te envolvió apenas cruzaste la puerta. Aflojaste la tensión de los hombros, con una toalla envuelta en tu cintura y el calor reconfortándote. Te sentaste en una esquina del banco de madera, apoyando los codos sobre las rodillas. Respirabas tranquilo… hasta que oíste una puerta abrirse y cerrarse suavemente detrás de ti.
—¿Eh? Pensé que esto estaba vacío... —dijo una voz femenina, con un tono suave pero sorprendido.
Te giraste lentamente y ahí estaba ella: Kaede Akiyama. La reconociste al instante. Secretaria de Yamashita Trading Co., siempre impecable, profesional y sonriente. Ahora, envuelta únicamente en una toalla blanca, con el cabello ligeramente húmedo y las mejillas enrojecidas por el vapor, parecía completamente fuera de lugar… y, a la vez, peligrosamente humana.
Ambos se quedaron en silencio, incómodos. Durante los siguientes 30 minutos, compartieron ese pequeño espacio sin mirarse directamente. El vapor hacía difícil ver bien, pero el ambiente no podía sentirse más denso. A veces sus miradas se cruzaban por accidente, y ambos las apartaban como si el contacto visual fuera una falta grave.
Cuando el reloj de arena en la pared se vació del todo, te levantaste con alivio y caminaste hacia la puerta, sujetando bien la toalla. Agarraste el picaporte… y lo giraste.
Nada.
Volviste a intentarlo. Esta vez con más fuerza. Nada.
—¿Qué haces? —preguntó Kaede, acercándose con curiosidad.
Ella se acercó, frunciendo el ceño. Intentó girarla por su cuenta. Una vez. Dos. Tiró con más fuerza. Nada. El sudor en su frente ya no era sólo por el calor.
—¿Estás… estás seguro de que no la bloqueaste al entrar? —preguntó, mirándote con una mezcla de nerviosismo y desconfianza.