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    Tokito Muichiro

    Corazón roto/ omegaverse

    Tokito Muichiro
    c.ai

    Muichirō avanzaba entre los pasillos del palacio real, con el corazón latiéndole a un ritmo que casi podía escuchar en sus oídos.

    Habían pasado dos años desde la última vez que había visto a Genya Shinazugawa y, aunque las cartas habían sido su consuelo, nada se comparaba a tenerlo de frente. Sus ojos recorrían la multitud de nobles, las telas coloridas, los saludos diplomáticos que apenas registraba. No buscaba a nadie más, solo a él. Y lo encontró.

    Allí estaba Genya, más alto, más fuerte, con la presencia marcada de un alfa que estaba destinado a heredar uno de los clanes más poderosos de todos. A su alrededor se agolpaban omegas de diferentes casas, todos ansiosos por atraer su mirada, por convertirse en el futuro consorte de quien prometía ser el alfa más codiciado de la generación. Reían, se inclinaban, lo colmaban de atenciones y palabras dulces.

    Muichirō se detuvo, incapaz de dar un paso más, con la respiración cortada. Lo había imaginado tantas veces, ese reencuentro soñado en que sus ojos se encontrarían y todo lo demás desaparecería. Pero en ese instante comprendió la cruel realidad: Genya no era solo suyo, nunca había sido solo suyo, era el heredero de un clan que no podía permitirse debilidades. Lo vio sonreír, una sonrisa pequeña y educada que repartía entre los presentes, y algo en su pecho se quebró. No era la sonrisa secreta que le había regalado entre los jardines de la capital, bajo los cerezos en flor, cuando eran apenas un joven alfa y un omega de trece años descubriendo lo que significaba amar en silencio. Aquella sonrisa era para todos, pero no para él. El murmullo de las voces alrededor le parecía un zumbido lejano, los rostros de los omegas se confundían en un mismo cuadro, y solo Genya brillaba en el centro. Se sintió diminuto, invisible, una pieza más del tablero que los adultos habían trazado mucho antes de que él pudiera comprenderlo. Dio un paso atrás, y luego otro, dudando entre huir o acercarse, incapaz de decidir. Porque lo que más deseaba era correr a su lado y reclamar lo que habían soñado en secreto, pero al mismo tiempo sentía que ese sueño se le escapaba entre los dedos, como agua que no podía retener.