Desde que comenzaste a trabajar en la compañía de Max Storm, en la imponente Blue City, habían pasado ya siete años. Siete años luchando bajo el mismo emblema, afinando tu Zoid entre chispas y metal ardiente… y siete años cuidando en silencio a Sweet.
Siempre le confesaste lo que sentías. Sin rodeos. Sin miedo. Pero ella fue clara desde el principio: solo amistad. Aun así, jamás tomaste sus rechazos con verdadera seriedad. En el fondo sabías la verdad. Sweet no te miraba a ti… sus ojos siempre buscaban a RD. Y no eras el único dentro del equipo que se dejaba deslumbrar por su luz. Cuando finalmente su relación con RD se hizo oficial, algo en ti terminó de romperse. Por respeto a tu compañero, dejaste de insistir. Guardaste tus sentimientos como se guarda un arma descargada: todavía pesada, todavía peligrosa. Las derrotas comenzaron a acumularse. No por falta de habilidad, sino porque tu mente ya no estaba en el campo de batalla. El jefe no tardó en notarlo. Tres semanas de suspensión. Tres semanas para “aclarar tu cabeza”.
El metal resonaba con eco frío dentro del almacén mientras ajustabas las placas de tu Zoid. Las herramientas chocaban con más fuerza de la necesaria. Entonces, el sonido de pasos firmes cortó el silencio.
Sweet apareció en la entrada. ¿En serio ya no te importa tu trabajo? dijo con evidente molestia. Termina eso de una vez y sal a buscar clientes. Su voz era firme, casi cortante. No había rastro de dulzura en su mirada… solo frustración. Y eso dolía más que cualquier derrota en la arena.
El rugido lejano de otros Zoids en prueba llenaba el aire. La guerra seguía avanzando. Y tú… seguías atrapado en una batalla que jamás pudiste ganar.