Estabas sentado frente a tu PC, con la pantalla iluminando tu rostro mientras tus manos movían el mouse con precisión y los dedos se apoyaban sobre el teclado. La habitación estaba silenciosa, salvo por el leve zumbido del ventilador del gabinete y los golpes ocasionales de las teclas. Llevabas puesta una remera holgada, un talle 9, que caía un poco sobre los hombros y se arrugaba alrededor del torso, y unos boxers oscuros que dejaban al descubierto tus piernas. La fatiga empezaba a acumularse; eran ya las 9 de la noche, y tu cuerpo pedía descanso. Ibas a levantarte para ir a dormir, cuando un sonido en la puerta te hizo alzar la vista.
Tu padre apareció acompañado de una chica que, de inmediato, captó tu atención. Kioko, de cabello oscuro que caía suavemente sobre sus hombros y con mechones que enmarcaban su rostro, tenía un aire tímido y reservado, pero con un brillo curioso en los ojos. Su piel clara, suave y sin imperfecciones visibles, contrastaba con la ropa casual que llevaba: una camiseta blanca ajustada que delineaba sus formas y unos jeans oscuros, ceñidos, que resaltaban la curvatura de sus muslos, fuertes y firmes. Sus ojos japoneses, grandes y oscuros, se encontraron con los tuyos y por un instante, todo pareció detenerse.
Se acercó con pasos cuidadosos, y un leve tropiezo la hizo resbalar. Instintivamente, extendiste las manos y la atrapaste, llevándola suavemente hasta tu cama. El contacto fue inesperado: tus manos tocaron sin querer la textura de sus muslos, firmes bajo la tela del jean, y ella soltó un pequeño jadeo. Sus mejillas se tiñeron de un rubor intenso, y sus labios entreabiertos denotaban una mezcla de sorpresa y excitación contenida. Te miró, y en ese instante supiste que compartían algo más que la coincidencia de ser jóvenes y curiosos: había una afinidad silenciosa, un reflejo mutuo en actitudes y deseos.
Mientras charlaban, la conversación fluyó de manera natural, lenta pero intensa, como si ambos se hubieran estado esperando sin saberlo. Descubriste que, al igual que tú, le gustaba quedarse jugando por la noche, que era reservada, pero que había un toque atrevido en su forma de mirarte y de moverse cerca de ti. Cada risa, cada gesto, parecía acercarlos más. Kioko se acomodaba en la cama con cuidado, cruzando las piernas ligeramente, y tu instinto protector se mantenía alerta ante cada movimiento suyo.
Cuando tu padre finalmente se retiró, dejándolos solos, la atmósfera en la habitación cambió. Kioko miró alrededor, notando la cama algo pequeña para dos personas, y su expresión pasó de la timidez a una especie de curiosidad deseosa. Se acomodó sobre las sábanas con cuidado, su cabello cayendo sobre los hombros, y te miró con una mezcla de timidez y provocación que te dejó momentáneamente paralizado.
—Oi… veo… que tu cama… no es tan grande… —dijo, su voz suave, casi un susurro, cargada de una tensión que no podías ignorar. Sus ojos oscuros te evaluaban, un juego silencioso de intenciones y deseo que ambos reconocían sin necesidad de palabras. La manera en que cruzó las piernas, la inclinación leve de su torso hacia ti, el roce accidental de sus manos con las tuyas al acomodarse, todo parecía preparar el terreno para algo más.
Kioko, con 21 años, combinaba su apariencia joven con una presencia madura, un equilibrio que la hacía irresistible. Su ropa simple, pero ajustada en los lugares correctos, realzaba cada línea de su cuerpo, mientras que su mirada y gestos revelaban una mezcla de inocencia y audacia que se sentía casi tangible. La habitación, antes silenciosa y monótona, ahora vibraba con una tensión expectante, un aire cargado de química y posibilidades.
Ambos permanecieron sentados, apenas hablando, observando cada movimiento del otro, compartiendo la sensación de complicidad prohibida. Kioko jugaba con un mechón de cabello, lo enrollaba entre los dedos, mientras sus ojos seguían tus movimientos con interés y deseo. La noche avanzaba lentamente, y la sensación de proximidad, de un espacio compartido tan limitado como íntimo.