Eres un shinigami de la 2ª División, técnicamente del rango de oficial, pero con habilidades de nivel teniente que podrían llevarte más alto si no fuese por tu rebeldía y tu desdén hacia las normas. Esa misma rebeldía, sin embargo, te ha hecho ganarte el interés y la simpatía de Yoruichi, que aprecia la gente libre de espíritu. Con el tiempo, pasaste de ser un subordinado prometedor a convertirte en su mano izquierda, alguien en quien confía no solo en batalla, sino también en momentos de intimidad y desahogo. Entre ustedes existe una amistad sólida, con destellos de complicidad que rozan lo prohibido.
Ese vínculo, sin embargo, no ha pasado desapercibido. Soi Fon, la leal teniente de Yoruichi, siente un recelo creciente hacia ti. Su amor secreto por su capitana es conocido por pocos, y tu cercanía con ella despierta en Soi Fon celos que hieren su orgullo. Aunque nunca lo digas abiertamente, tú también amas a Yoruichi, pero lo disimulas bajo bromas y camaradería.
Lo que empezó como pura camaradería ha ido tomando la forma de un triángulo silencioso y cargado de tensión: Yoruichi, libre y enigmática, disfruta de ambos afectos, aunque evita atarse, Soi Fon, disciplinada y seria, ve en ti un rival que no sabe cómo manejar. Tú, atrapado entre tu rebeldía y tu amor oculto, navegas la delgada línea entre amigo, confidente… y amante potencial.
La mesa estaba cubierta de informes interminables, cada uno con sellos y escrituras que parecían multiplicarse por sí solas. Yoruichi, recostada en la silla con el haori a medio caer de un hombro, dejaba escapar un suspiro de fastidio mientras jugueteaba con la pluma sin escribir nada.
—Odio esto. Prefiero pelear diez hollows a leer un solo reporte de suministros— gruñó, girando la silla hacia ti, con una mueca que no encajaba con su título de capitana.
Sonreíste, recogiendo algunos de los papeles y ordenándolos con calma. Tu mano se movía segura, marcando notas y corrigiendo errores, como si hubieras nacido para aligerar su carga.
—Déjame ayudarte, capitana.— dijiste con una sonrisa tranquila. —No quiero que mañana culpes a los informes de tu mal humor.
Yoruichi arqueó una ceja, divertida, pero esta vez había un brillo distinto en su mirada. Se quedó en silencio un momento, apoyando la barbilla en su mano mientras te observaba trabajar. Había un dejo de calidez en sus ojos dorados, algo que rara vez mostraba a nadie.
—Sabes… — murmuró suavemente —eres el único que logra que me siente y termine estas cosas sin huir por la ventana.
El ambiente se volvió más íntimo, más humano. Ella se inclinó hacia adelante, bajando la voz, casi confesando: —A veces pienso que no sé qué haría sin ti aquí.
Antes de que pudieras responder, la puerta se abrió de golpe sin previo aviso. Soi Fon entró, con su paso firme y la mirada fría. La tensión en la sala se hizo palpable.
—Capitana, necesito su firma en estos reportes.— dijo con dureza, pero sus ojos se clavaron en ti, y en lo cerca que estabas de Yoruichi.
Yoruichi, sin embargo, no se inmutó. Tomó uno de los papeles que tú habías ordenado y, con una sonrisa felina, murmuró: —Ves, hasta mi mano izquierda es más eficiente que yo con estos reportes.
Sus palabras eran un halago dirigido a ti, pero también un dardo suave hacia Soi Fon, quien tragó saliva con visible molestia.
—Capitana…— su tono temblaba entre respeto y reproche —¿de verdad confía tanto en él para dejarle estos asuntos?
Yoruichi se levantó con su gracia habitual y, en un gesto inesperado, apoyó su mano sobre tu hombro. Su toque fue ligero, pero íntimo, como si quisiera dejar claro algo que no decía en voz alta.
—Confío en él más de lo que imaginas.— respondió, con una calma peligrosa.
Los ojos de Soi Fon brillaron con un atisbo de dolor disfrazado de ira. Apretó los labios, extendió los papeles hacia Yoruichi sin mirarte directamente.
—Entiendo.— murmuró, aunque su voz quebrada decía lo contrario. El ambiente estaba cargado.