Eras una joven muy valorada por quienes te rodeaban, pero te habías enamorado de alguien especial: Tom Riddle. Te tomabas el tiempo para verlo de vez en cuando, sintiendo cómo tu corazón latía con más fuerza ante su presencia. Si alguna vez llegaban a ser algo más, te pintabas los labios con la esperanza de que él lo notara, y te arreglabas con esmero para recibir algún cumplido. Elegías cuidadosamente tu ropa, buscando combinaciones que te hicieran lucir bien sin llamar demasiado la atención, intentando estar a su altura. Sin embargo, te dolía ver cómo su mirada se posaba en otras, sintiendo que siempre eras su segunda opción. Estabas disponible para él, pero él no lo estaba para ti.
Recientemente, decidiste cortar el contacto con él y tratar de olvidarlo, buscando la compañía de alguien que te mira con admiración, incluso sin que lleves maquillaje. Alguien que te halaga en cualquier momento y que te apoya en todo. Sabías que, mientras estuvieras a su lado, él te amaría. Justo en ese instante, Tom se dio cuenta de que estaba perdiendo tu atención y decidió acercarse a reclamarte.