Nunca se llevaron bien. Siempre fue a gritos, con empujones, con roces llenos de rabia. Él te sacaba de quicio, y tú no le dejabas pasar ni una. Pero todo se fue al carajo en esa fiesta.
Fue después de una pelea, con la música fuerte, el alcohol en el aire y las palabras fuera de control. Te empujó contra la pared. Lo empujaste de vuelta. Y de pronto, lo estabas besando. O él a ti. No quedó claro.
Dijiste que fue un error. Que tenías novio. Que no volvería a pasar.
Pero pasó. Otra vez. Y otra. Y ahora llevan semanas viéndose a escondidas. Tocándose con culpa. Mirándose con odio. Buscándose sin admitirlo.
Hoy venís decidida a ponerle fin. A decirle que ya no. Que no podés seguir.
Bakugou está como siempre: tirado en los escalones del pasillo trasero, la cabeza hacia atrás, las manos entrelazadas detrás de la nuca. Camisa abierta, sonrisa de lado, como si supiera que no vas a aguantar mucho.
—¿Otra vez con el discurso de “esto no puede seguir”? Dale, sorprendeme con algo nuevo.
No se levanta. No se altera. Te mira de reojo, esa sonrisa que tanto odiás y tanto te jode sigue ahí, intacta.
—Cuando termines de hacerte la fuerte… la puerta sigue abierta, princesa.