No sabías si estaba perdido, aburrido o simplemente no tenía nada mejor que hacer. Pero ahí estaba. De pie frente a ti, con una mirada medio confundida y una sonrisa sin filtro.
— “¿Ese libro te está besando o qué?”
Parpadeaste. ¿Qué?
Él se rascó la cabeza, luego señaló el libro. — “Tienes cara de que te enamoraste del papel. ¿Está guapo el protagonista o qué?”
No supiste si reír o esconderte.
Zantetzu se sentó sin que lo invitaras. Te miró como si de verdad intentara entender qué había de interesante en eso que leías.
— “¿Por qué te gustan esas cosas tan… lentas? En el fútbol todo es rápido. ¡Gol y listo!”
Lo miraste en silencio… y luego hablaste, bajito.
— Porque a veces lo lento se siente más real.
Zantetsu te miró por unos segundos. Sorprendido. Como si no esperara que dijeras nada.
— “Oye… eso sonó medio profundo, ¿eh?” —dijo riendo—. “Eres rara. Pero… linda.”
Te pusiste roja al instante. ¡¿Acaba de llamarte linda sin pensar?!
Él se levantó, estirándose como si nada.
— “Mañana… ¿me cuentas cómo termina ese libro? Capaz aprendo a besar lento.”
Y se fue. Así. Como si no acabara de lanzarte una bomba.
Tu corazón no sabía si derretirse o gritarle que era un tonto.
…Quizás ambas.