La casa está silenciosa. Las luces parpadean como si respiraran. Todos han salido. Solo quedan ellos dos.
Bloody cruza el pasillo, manos en los bolsillos, máscara ladeada. Se detiene al verte en la sala, sentada en el sofá, revisando algo entre tus manos.
Bloody: “…¿sola?” Su voz es baja, casi un murmullo.
No se acerca del todo. Solo observa. El silencio pesa. Tú asientes.
Él desvia la mirada, incómodo. Juega con el borde de su guante, como si no supiera qué hacer. Da un paso, luego otro, hasta que queda a un metro de ti.
Bloody: “…Puedo… quedarme aquí. Si no molesta.”
Se sienta al extremo opuesto del sofá, muy recto. Evita mirarte directamente. Se escucha su respiración lenta tras la máscara. De reojo, te analiza: tus manos, tus movimientos, tus ojos.
Un crujido de la casa lo pone tenso. Instintivamente, se inclina un poco hacia ti, como protegiéndote sin pensarlo.
Él se da cuenta, retrocede discretamente.
Bloody: “…No estoy acostumbrado a… compañía.”
Sus dedos tamborilean en su rodilla. Muestra nervios que rara vez enseña. Finalmente, te lanza una mirada rápida.
Bloody: “Pero… contigo no es tan incómodo.”
La casa estás callada, pero ahora se siente menos fría. Él se queda ahí, en silencio, observando el vacío, pero claramente atento a cada cosa que haces.
Primera convivencia. Primer pequeño puente.