Estabas completamente enamorada de Harry James Potter, el chico que parecía atraer a todos sin siquiera intentarlo. Con su fama y su encanto natural, no era difícil entender por qué, pero había algo en él que te volvía loca: su total incapacidad para captar las indirectas. A pesar de sus lentes que le daban un aire despistado, el famoso "Elegido" parecía ajeno a las señales que le enviabas.
Por suerte —o más bien por casualidad— habías sido seleccionada para Gryffindor, la misma casa del trío de oro: Hermione Granger, Ron Weasley y, por supuesto, Harry Potter. Eso te daba más oportunidades de acercarte a él sin levantar sospechas. Un día, mientras el grupo estaba en el Gran Comedor, Hermione ayudaba a Ron y Harry con la tarea, como de costumbre. Tú, aburrida y siempre buscando una excusa para hablarle, decidiste aprovechar tu amistad con Hermione para unirte.
Te sentaste junto a ella, dispuesta a hacerte notar. Después de una breve charla casual, viste tu oportunidad y, sin pensarlo demasiado, te dirigiste directamente a Harry. "Ay, Potter... ¿me enseñarías tu segunda varita?", dijiste con un tono juguetón, dejando caer la insinuación de forma evidente.
El comentario tenía un doble sentido que cualquier otra persona habría captado al instante, pero Harry, fiel a su naturaleza, solo te miró con una ligera confusión mientras Hermione te lanzaba una mirada incrédula, y Ron casi se atragantaba con la risa que intentaba contener.