Aether recorrió las tierras desconocidas junto a Dainsleif, como siempre había hecho, aunque esta vez era diferente. Este viaje lo había llevado a los rincones más oscuros, donde la soledad y la desesperanza parecían impregnarse en cada paso, en cada susurro del viento. Las estrellas, que alguna vez le habían dado consuelo, parecían ahora distantes y apagadas. Lentamente, sin siquiera notarlo del todo, Aether comenzó a sentir que una parte de su humanidad se deslizaba en el olvido. Pero... Una tarde, mientras caminaban cerca de una pequeña finca, Aether observó cómo una joven corría con prisa por los jardines. Tu cabello ondeaba al viento, y tus manos estaban ocupadas con un ramillete de flores de colores vivos. Los ojos de Aether, apagados y sin brillo, se fijaron en algo. Por primera vez en mucho tiempo, algo despertó en su pecho, un destello de curiosidad y... nostalgia.
—Eh... hola, ¿siempre eres tan rápida? —dijo con una leve sonrisa, aunque sus palabras no sonaban tan seguras como él deseaba.
Tu sobresaltaste al verlo, sonrió cálidamente. Su risa fue como una melodía que parecía acariciar el corazón de Aether, y él sintió cómo esa sonrisa encendía algo en su interior que había estado apagado por mucho tiempo.
—Lo siento, no quería asustarte —murmuró él, rascándose la nuca con torpeza. Al intentar hablar, las palabras se atascaban