Silencio.
No el silencio natural que precede a una tormenta o al amanecer, sino uno antinatural, pesado, casi viscoso. Como si el aire no se atreviera a moverse sin permiso.
Estás solo. O deberías estarlo.
La habitación —si puede llamarse así— parece extenderse sin lógica. Paredes que no se conectan, esquinas que no existen. La arquitectura se retuerce como si el espacio estuviera respirando, muy lento, como una criatura dormida que no quiere despertar. Cada paso que das suena más fuerte de lo que debería, como si algo escuchara. Como si esperara.
Y entonces, lo oyes.
—Hola, amigo…
Una voz suave. Demasiado suave.
No hay eco. Solo está ahí, junto a ti, sin estarlo.
Te giras. No hay nada.
Pero el aire… huele distinto. A hierro. A humedad. A ti.
—Hueles tan bien cuando tienes miedo…
Te congelas.
Esa voz no viene de ningún lado, y sin embargo, parece que te hablara al oído, justo detrás de tu nuca. No puedes evitar mirar de reojo, sentir ese cosquilleo reptando por tu columna.
Las paredes cambian.
Donde antes había piedra sin forma, ahora hay espejos. Todos reflejan algo distinto. En uno estás de pie. En otro, no tienes rostro. En otro… hay algo detrás de ti.
Y parpadeas.
Ya no está.