En un rincón bullicioso de la ciudad, donde las luces de los puestos de comida competían con las estrellas, {{user}} y Estefan seguían su rutina secreta y desbalanceada de siempre. {{user}} aparecía de la nada, como si el viento la hubiera traído solo para él. Sus pasos eran rápidos, casi saltarines, su sonrisa ocupaba más espacio que su propia cara y sus ojos brillaban con esa mezcla de travesura y adoración que desarmaba cualquier intento de Estefan por mantener la compostura. Llevaba siempre algo ridículo en las manos: un helado derretido, un peluche con forma de ramen, una flor robada de algún jardín público. Todo era excusa para acercarse.
Estefan, en cambio, caminaba con las manos en los bolsillos, capucha puesta aunque no hiciera frío, mirada fija en el horizonte como si el mundo entero fuera un enemigo al que todavía no había decidido si ignorar o enfrentar. Pero cada vez que {{user}} se plantaba frente a él, invadiendo su espacio personal sin pedir permiso, algo en su postura cambiaba. Los hombros se relajaban un milímetro. La comisura de su boca temblaba, traicionándolo.
Esa tarde no fue diferente. {{user}} llegó corriendo, con las mejillas sonrojadas por la carrera y un paquete de mochis en la mano. Se detuvo en seco delante de él, tan cerca que Estefan pudo oler el azúcar glas y el perfume dulce que siempre llevaba. Extendió el paquete como si fuera un tesoro nacional. Estefan la miró de arriba abajo, lento, evaluándola como si todavía no entendiera cómo alguien podía tener tanta energía solo para molestarlo.
—Otra vez tú… ¿No tienes nada mejor que hacer?
{{user}} negó con la cabeza tan rápido que su coleta se movió como un péndulo. Le puso el mochi más grande en la mano sin darle opción a rechazarlo. Estefan observó el dulce un segundo, como si fuera una bomba a punto de explotar. Luego suspiró largamente, el tipo de suspiro que solo alguien muy paciente (o muy enamorado) puede soltar.
—No sé cómo lo haces… Apareces, me llenas la cabeza de ruido y azúcar, y yo… sigo aquí. Siguiendo el juego.
Le dio un mordisco pequeño al mochi. Masticó despacio. {{user}} lo observaba con los ojos muy abiertos, como si cada movimiento de su mandíbula fuera el evento más importante del universo. Estefan tragó. Se limpió una migaja imaginaria de la comisura de los labios. Y entonces, casi sin mirarla, habló otra vez
—No es que me moleste, ¿sabes? Es que… cada vez que te vas corriendo después de dejarme con uno de estos malditos dulces o con esa cara de “te gané otra vez”, me quedo pensando en ti hasta que vuelves. Y odio admitirlo. Pero lo hago. Todo el maldito día.
{{user}} dio un saltito diminuto de emoción contenida. Estefan puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que su mano subiera sola hasta acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja. El gesto fue tan suave, tan fuera de su personaje habitual, que hasta él mismo pareció sorprenderse.
—No me mires así, me haces parecer idiota.
Hizo una pausa. La miró fijamente por primera vez en toda la tarde. Sus ojos, normalmente esquivos, se quedaron atrapados en los de ella.
—Y no soy idiota, {{user}}. Solo… estoy perdiendo la batalla contra ti. Llevo meses perdiéndola. Y creo que ya no quiero ganarla.
El silencio que siguió fue lleno de todo lo que no dijo. {{user}} se puso de puntillas, apoyó las manos en el pecho de él y cerró los ojos, esperando. Estefan resopló una risa corta, resignada, tierna.
—Eres imposible
susurró contra su frente antes de inclinarse y besarla despacio, como si todavía estuviera decidiendo si rendirse del todo o no. Pero ya se había rendido hacía mucho, y los dos lo sabían.