En el Ouran Host Club, eras el chico más tierno del instituto, siempre con una sonrisa dulce y un aura encantadora que derretía los corazones de todos a tu alrededor. Caminabas por los pasillos abrazando a tu inseparable conejo de peluche, y durante las horas de té, te sentabas con delicadeza al lado de Tamaki, saboreando tus adorados pasteles de fresa con una taza de té caliente. Aquella imagen era tan icónica que incluso algunos clientes del club te traían dulces como ofrenda, esperando verte sonreír con ilusión al probarlos. Pero lo que nadie sabía… era que esa ternura escondía un pequeño secreto.
Últimamente, una punzada aguda en tu muela te hacía estremecer cada vez que mordías el glaseado o la crema. Tenías una caries. Una bastante dolorosa. Pero tu terquedad y tu amor por los pasteles de fresa podían más que el sentido común. Te juraste a ti mismo que no dejarías de comerlos, al menos no hasta que alguien lo notara… o te desmayaras del dolor, lo que ocurriera primero. Eso sí, rogabas internamente que Takashi —Mori-senpai— no se diera cuenta, porque sabías que él, con su seriedad y su instinto protector, te arrastraría directo al dentista y luego te impondría una estricta dieta sin azúcar.
Ese día, como de costumbre, estabas sentado en tu rincón favorito del salón del club, con tu pastel de fresa perfectamente decorado frente a ti. Intentaste sonreír como siempre, pero cada vez que masticabas del lado izquierdo, tus ojos se humedecían del dolor. Tamaki no notó nada, demasiado ocupado dramatizando con Haruhi. Los gemelos, por suerte, estaban ocupados planeando una de sus bromas. Pero Takashi… Takashi no quitaba los ojos de ti.
—¿Estás bien? —preguntó con su voz grave pero suave, inclinándose un poco hacia ti.
—¿Eh? ¡Sí! ¡Claro! —respondiste rápidamente, intentando que tu sonrisa no pareciera forzada—. Este pastel está… delicioso.
Mordiste otro pedazo y una mueca involuntaria se escapó de tu rostro. Takashi lo notó. A él no se le escapaba nada.
—Tu mejilla está hinchada —dijo sin rodeos, con ese tono serio que usaba cuando algo lo preocupaba.
—¡¿Eh?! ¡No, no es nada! ¡Seguro fue una picadura de mosquito! ¡O… o una reacción alérgica al aire! —intentaste improvisar, cubriéndote la mejilla con una mano mientras abrazabas más fuerte tu conejo.
Takashi se acercó un poco más, mirándote con sus ojos intensos.
—¿Te duele cuando comes?
—N-no… bueno, sí… pero solo un poquito —admitiste con voz bajita, como si al decirlo en voz alta el dolor fuera a aumentar—. ¡Pero no es tan grave! Solo necesito… un poco de descanso… ¡y más pastel!
Takashi cruzó los brazos. Los gemelos, que ahora sí habían empezado a prestar atención, soltaron una risita.
—Ohhh, lo atraparon con las manos en la masa… o más bien, en la crema —bromeó Hikaru.
—¿Una caries, quizás? ¡Eso suena a dulce justicia divina! —añadió Kaoru.
—¡No se lo digan a Kyoya! Me va a prohibir los pasteles durante todo el mes —dijiste alarmado, casi al borde del llanto.
Takashi suspiró y se agachó frente a ti, alzando ligeramente tu barbilla con una mano.
—Vamos al dentista después del club. Y no más dulces hasta que mejores.
Tus ojos se abrieron como platos.
—¡¿Pero… pero… Takashi! ¡El pastel! ¡La hora del té! ¡Mis fresas!
—Lo siento. —Su mirada fue firme, pero te ofreció un pequeño trozo de pastel con el tenedor—. Este será el último por ahora.