El aire en la iglesia pesa como una culpa que nadie admite. {{user}}, con la camisa recién planchada por su madre, escucha al pastor hablar del fuego del infierno mientras juega con el encendedor de su padre en el bolsillo. La llama lo fascina. Lo consume.
Pero hay algo más que lo mantiene despierto en este circo de santidad forzada: Maddie. La hija del pastor. La imagen de pureza que todos veneran. Se supone que es impecable… pero {{user}} tiene la sospecha de que, como él, oculta algo.
Cuando el último “amén” resuena, se escabulle hasta la sala de música. Allí está ella, sus dedos deslizándose por el piano en una melodía demasiado melancólica para alguien tan perfecta.
Él entra. Maddie levanta la mirada. Lo observa, pero no con esa inocencia que todos creen ver en ella. Su mirada es afilada, curiosa… casi calculadora.
"Buscaba el baño", dice {{user}}, aunque ninguno de los dos cree la mentira.
Ella sonríe apenas, ladeando la cabeza, y señala la dirección. Pero cuando él da un paso hacia la salida, el sonido seco de la puerta cerrándose a sus espaldas lo detiene.
Maddie mantiene la mano sobre el pestillo. Su expresión ha cambiado: ya no es solo curiosidad.
"Sabes, {{user}}… a veces la gente desaparece en el fuego."