Ingresaron al ejército a la misma edad.
Tenían dieciocho cuando se conocieron. Al principio solo eran compañeros de entrenamiento: competencia silenciosa, miradas que se sostenían un segundo más de lo necesario, respeto construido a base de disciplina. Nikto ya era reservado, incluso entonces. Tú eras más directo, pero igual de decidido.
El destino los separó por un tiempo. Distintas asignaciones. Diferentes unidades.
Se reencontraron a los veintidós.
Y algo había cambiado.
La camaradería se transformó en cercanía, la cercanía en complicidad, y la complicidad en una atracción que ninguno quiso nombrar al principio. Con el tiempo dejó de ser un secreto entre miradas y se convirtió en algo real. Sólido.
A los veintiséis, Nikto —poco dado a discursos largos— te pidió compromiso de la única manera que sabía hacerlo: sin adornos, con una certeza firme en la voz y el anillo extendido en su mano enguantada.
Aceptaste sin dudar.
La boda estaba planeada para unos meses después. Por primera vez, el futuro no era solo misiones y órdenes.
Solo ustedes dos
Entonces llegó Moscú.
La misión fue catalogada como de alto riesgo. Ninguno lo dijo en voz alta, pero todos sabían que existía la posibilidad de no regresar. Aun así, te sentías tranquilo. Nikto tenía experiencia, temple, una mente estratégica impecable. Y tú estabas a su nivel; entrenaron juntos durante años, se cubrieron la espalda incontables veces.
Si algo salía mal, saldrían juntos.
Pero nada salió como estaba previsto.
La emboscada fue rápida y desorientadora. Comunicaciones cortadas. Visibilidad reducida. El escuadrón cayó uno por uno en el caos.
Nikto te perdió de vista.
Te buscó entre humo, gritos y estructuras dañadas. Llamó tu nombre por el comunicador hasta que solo recibió estática. Avanzó contra toda lógica, ignorando protocolos de retirada.
Lo único que encontró fue tu anillo de compromiso en el suelo.
Regresó a Estados Unidos con el equipo diezmado y el silencio clavado en el pecho. No hablaba del tema. No preguntaba oficialmente por ti. Pero guardaba tu anillo en el bolsillo interno del uniforme, rozándolo con los dedos cada vez que el insomnio lo vencía.
Durante semanas no hubo noticias.
Hasta esa noche.
Un helicóptero médico aterrizó de emergencia. Traía a un sobreviviente recuperado en condiciones críticas desde una zona aún inestable.
Eras tú.
Nikto llegó al hospital antes de que terminaran de bajarte. No permitió que nadie notara la tensión en su mandíbula ni la rigidez de sus hombros. Desde la distancia solo alcanzó a ver tu cuerpo inmóvil sobre la camilla, cubierto de sangre seca y vendajes improvisados.
No le permitieron acercarse.
No esa noche.
Las semanas siguientes fueron una espera insoportable. Informes médicos, cirugías, silencio.
Cuando finalmente lo dejaron verte, apenas te reconoció.
Costillas fracturadas. Múltiples impactos de bala ya estabilizados. Hematomas aún visibles. Un ojo perdido, cubierto por vendajes limpios que reemplazaban el caos del campo de batalla.
Estabas vivo.
Pero no intacto.
Nikto permaneció de pie junto a tu cama, sin saber dónde colocar las manos. El hombre que nunca dudaba en combate no encontraba postura frente a ti. Se culpaba en silencio. Debió protegerte. Debió encontrarte antes. Debió haber estado allí cuando desapareciste.
Durante semanas creyó que jamás volvería a verte
Y ahora estabas frente a él, respirando con dificultad, marcado por algo que él no había visto.
¿Qué ocurrió durante ese tiempo en que desapareciste? ¿Quién te encontró? ¿Quién te retuvo… o quién te salvó?
Nikto no preguntó de inmediato.
Pero esta vez no pensaba perderte otra vez.