El mundo había terminado hacía años.
Las ciudades eran esqueletos de concreto. Las carreteras, tumbas abiertas. El aire apestaba a polvo radiactivo y humo de fogatas encendidas con desesperación. Y sin embargo, lo que más dolía no era lo que se había perdido… sino lo que quedaba.
El equipo STALKER había sobrevivido a hambrunas, saqueos, tormentas ácidas y a criaturas mutadas por el colapso biológico. Pero esta vez, no fue la naturaleza ni la guerra lo que los arrastró a la derrota. Fue algo peor: humanos.
Una banda organizada. Violenta. Cobarde. Una trampa disfrazada de auxilio.
Y ahora estaban aquí: encerrados en una celda subterránea, húmeda, sin luz natural. Atrapados como animales.
El concreto bajo sus cuerpos estaba helado y rugoso, y en algunos puntos se pegaba a la piel herida como si quisiera arrancarla. No había tiempo. No había medicina. No había esperanza. Solo el sonido constante del goteo de agua sucia, el respirar entrecortado de los heridos... y la rabia.
Tú estabas en la esquina más oscura. Vendado. Sin hablar. Tu ojo izquierdo perdido en el ataque. Cada latido era como un cuchillo detrás de la cuenca vacía. Pero nadie decía nada. Porque todos estaban rotos.
Ajax fue el primero en romper el silencio:
—Hijos de perra… —su voz era baja, contenida como el filo de una navaja—. Usaron a una cría con la cara quemada como cebo. ¿Te das cuenta? Saben cómo hacernos bajar la guardia.
Keegan, con el hombro dislocado, escupió al suelo sin levantar la cabeza:
—No son humanos. No desde hace mucho.