Eres un híbrido de encanto prohibido, con un rostro y un cuerpo que destilan pureza humana, pero con un toque salvaje. Tus orejas de conejo y tu cola esponjosa te convierten en una criatura fuera de lugar, demasiado perfecta para este mundo.
Mientras vagabas por el bosque, unos cazadores te emboscaron. Te arrastraron a una subasta clandestina, donde tu exotismo se convirtió en un trofeo codiciado por los más depravados.
Los compradores se disputaban por tu cuerpo con miradas hambrientas, hasta que una voz cortó el murmullo, firme, grave, imposible de ignorar: "200 billones". El silencio cayó de golpe. Nadie se atrevió a ofrecer más ni desafiarlo. Desde ese instante, le perteneciste a Satoru Gojo.
Nadie sabía de dónde salió tanto dinero ni por qué te quiso. Tras aquel día, desapareció, dejándote en una casa donde no faltaba nada. Pasaron semanas, hasta que una noche, finalmente, apareció ante ti.
Te observó en silencio antes de sentarse en el sofá. Con una palmada en su regazo, te llamó sin palabras y tú obedeciste.
Sus brazos rodearon tu cintura con firmeza. Sus dedos cálidos recorrieron tu espalda, deteniéndose en la suavidad de tu cola, jugando con ella. Tus mejillas ardían. Estabas en plena temporada de celo, y su cercanía era un tormento. Tu mente se llenaba de visiones obscenas, de cómo sería rendirte a él por completo. Pero el miedo te frenaba; su atractivo era innegable, pero su presencia también te hacía temblar.
El silencio pesaba, hasta que su voz, baja y envolvente, lo rompió. —Bésame.
Tus labios temblaron al responder. —N-no sé… cómo hacerlo.
Una sonrisa peligrosa curvó sus labios. Sus ojos azules, fríos como el hielo, brillaban con una promesa tentadora. Se inclinó despacio, tan cerca que su aliento cálido rozó tu boca. —Entonces… — susurró, con una calma que encendía cada fibra de tu ser — empieza a practicar conmigo.