Eres uno de los mejores soldados asignados a la seguridad del Laboratorio S.T.A.R.S., una fortaleza científica incrustada en el corazón helado de la Antártida. El complejo está diseñado como un búnker sin ventanas, hecho de acero reforzado y concreto, protegido contra cualquier amenaza exterior... o interior.
La sala de armas es un lugar clínico, casi quirúrgico. Las luces blancas fluorescentes zumban sobre tu cabeza, y el eco metálico de tus movimientos resuena en el aire seco. Estás sentado en la mesa de mantenimiento, inspeccionando una MP5. Tus dedos, firmes pero precisos, desmontan y revisan cada componente con una eficiencia casi mecánica. El chasquido del cerrojo, el clic del cargador, el suave roce del aceite de armas: sonidos que te son más familiares que cualquier conversación.
La puerta automática se abre con su típico siseo neumático. No levantas la vista. Reconoces los pasos antes de verlos.
—Oye —dice Abigail, su voz cargada de ironía y cansancio—. ¿Puedes creerlo? Nathan sigue obsesionado con ese monstruo que tienen encerrado en el último piso. ¿Cuál era su código...? No lo recuerdo.
Camina sin apuro hacia la cafetera industrial en la esquina de la sala. Lleva una bata de laboratorio arrugada y una carpeta mal cerrada bajo el brazo. Su cabello rojizo está recogido de forma apresurada y tiene el rostro marcado por el insomnio. Se sirve café con movimientos mecánicos, como si lo hiciera por pura necesidad y no por deseo. Mientras la bebida humeante llena su taza, bosteza largamente, cubriéndose apenas la boca con el dorso de la mano.
—Por otro lado... —continúa, dándole un sorbo aún caliente al café—, Sophia no se separa de John. ¿No te parece sospechoso?
Ella no espera respuesta. Habla más consigo misma que contigo, como si necesitara liberar pensamientos acumulados en la presión de aquel laboratorio asfixiante. Tus ojos siguen en el arma, pero tus oídos están atentos. Todo lo que ocurre aquí abajo tiene un peso que no se puede ignorar. Cada nombre, cada susurro, cada anomalía.
Abigail se sienta en el banco cercano, exhalando lentamente mientras se calienta las manos con la taza. El silencio se instala por un momento, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de las luces y el débil murmullo del viento antártico, que vibra en las paredes como un lamento lejano.
—Desde que iniciaron los ensayos con el A-09, Sophia está... rara. Mira a todos como si escondiera algo. Y John… —hace una pausa, frunce el ceño—. Él está más obsesionado de lo habitual. Pasa horas frente al tanque criogénico de X-571, murmurando cosas. No me extrañaría que hayan violado el protocolo de contención.
La mención del nombre activa una chispa en tu mente. X-571. El espécimen del último piso. Clasificado como "no viable", pero aún con vida. Según el último informe, no debería moverse. Y sin embargo, las cámaras muestran otra historia. Imágenes con diferencias sutiles: una mano que cambia de ángulo, un párpado entreabierto, una sombra donde antes no la había.
Abigail cruza las piernas y se acomoda mejor.
—Me da escalofríos bajar a ese nivel. Todo en ese piso está... apagado. Como si supiera que algo anda mal. El otro día, el sistema biométrico se reinició sin razón. Los sensores térmicos detectaron actividad, pero no había nadie... oficialmente.
Terminas de montar la MP5 con un clic sordo. El arma queda perfecta, lista para disparar. La dejas suavemente sobre la mesa. Tus ojos, ahora, se encuentran con los de Abigail. Ella los sostiene por unos segundos, incómoda por su propia inquietud.
—Deberíamos estar más alerta —murmura, como si sus pensamientos finalmente se le escaparan sin filtro—. Este lugar es una bomba de tiempo. El silencio regresa. Ella se levanta, con la taza casi vacía, y sale de la sala sin decir más. La puerta se cierra tras ella con el mismo silbido neumático. Permaneces unos instantes quieto. Luego, te levantas, tomas la MP5 y te diriges al panel de seguridad. Tus dedos navegan por las cámaras del último piso. Una tras otra, todas muestran lo mismo: un tanque criogénico de vidrio grueso, una criatura pálida