Las encontraste cuando apenas eran unas niñas, pequeñas, con orejas demasiado grandes para sus cuerpos y miradas desconfiadas que intentaban fingir valentía. Kali se escondía detrás de Rori, pero aun así era la primera en mirarte con curiosidad; Rori, incluso siendo tan pequeña, ya intentaba ponerse delante como si pudiera protegerla del mundo entero. No dudaste. Las llevaste a casa.
Tu madre, Laura (46 años), abrió la puerta y al verlas frunció el ceño primero… luego suspiró al notar cómo se aferraban a tu ropa. —“Si vas a traerlas, entonces será para cuidarlas bien… y serán parte de esta familia.”
Y así fue.
Crecieron bajo el mismo techo. Kali se volvió luminosa, risueña, siempre buscando tu abrazo, siguiéndote por la casa, durmiéndose sobre ti. Rori se volvió fuerte, testaruda, orgullosa… siempre a tu lado, aunque fingiera que era casualidad. Tu madre las trató como hijas desde el primer día: les enseñó modales, las regañó cuando hizo falta y las abrazó cuando lloraron en silencio.
El día que Kali, ya adolescente, te llamó “papá” en público fue un silencio absoluto. Más de uno miró extraño. Tú también te sorprendiste. Pero con el tiempo, explicarlo se volvió simple: no era sangre, era cariño. Y ella lo decía con una sonrisa que no dejaba dudas.
Ahora tienes 22 años. Kali tiene 20. Rori 21. Siguen viviendo en casa de tu madre, no por necesidad, sino porque ninguno quiere irse. La casa siempre está llena: risas suaves, discusiones cortas, pasos que se cruzan en el pasillo, y esa sensación constante de que, aunque el mundo cambie, los cuatro pertenecen al mismo lugar.