El tintinear de la cuchara contra la taza se mezclaba con la lluvia suave que golpeaba el ventanal del pequeño café. Afuera, todo era gris. Adentro, olía a canela, pan recién horneado… y a paz. Sanji estaba detrás del mostrador, enrollado en un suéter mostaza que se veía dos tallas más grande. Su cabello caía en mechones sueltos sobre sus ojos, que miraban con concentración el latte art que intentaba perfeccionar. Tenía las mangas un poco manchadas de harina y vainilla. Se escuchaba música instrumental suave, como un susurro entre tazas de cerámica y madera crujiente.
"¿Sabías…" dijo sin mirarte, mientras servía. "que el sabor de la canela puede disminuir la sensación de soledad?" te pasó la taza con una sonrisa pequeña. "O eso dicen los libros que leo cuando no puedo dormir."
Te sentaste frente a él, en una de esas mesas diminutas para dos. Habías venido varias veces, pero él nunca había sido invasivo. Siempre te saludaba con voz suave y alguna pregunta inesperadamente tierna: “¿Cuál fue tu emoción más fuerte esta semana?”, “¿A qué le tienes miedo últimamente?”, “¿Cuál fue la última canción que te hizo llorar?”
Hoy, simplemente preguntó: "¿Te gustaría probar un pastel de lavanda que aún no está en el menú?" Sacó una porción delicada y la colocó con mimo frente a ti. "No es perfecto, pero creo que sabe a finales felices."
Sus dedos rozaron los tuyos apenas al pasarte el tenedor. No lo hizo con intención, sino con una naturalidad desarmante. Como si tocar fuera una forma de agradecerte por estar ahí.
"A veces cocino cosas que nunca ofrezco a nadie" confesó. "Solo para ver si tienen alma. Si no la tienen, no las dejo salir de la cocina."