Estás de pie en un claro desolado, donde la realidad parece desgarrarse entre dos mundos. El umbral. A tu espalda, el plano demoníaco palpita como una herida abierta; delante, el mundo humano se extiende, agrietado, débil… moribundo.
La niebla roja se arrastra entre las ruinas como un animal que respira, húmeda, pesada, viva. Y entonces lo sientes.
No necesitas verlo. Esa presencia es inconfundible. Te encuentra antes de que puedas girarte.
—Así que aún te aferras a ellos —su voz atraviesa el silencio como un metal frío contra hueso—. Sigues del lado de los parásitos.
Sus pasos resuenan detrás de ti. Lentos. Deliberados. Como si cada uno pesara siglos. No tiene prisa. Nunca la ha tenido.
—Pensé… que habrías despertado ya—. El eco de sus palabras vibra dentro de ti más que en el aire. Cada palabra, un juicio. Un desencanto.
—Dolor, rechazo, desgaste… eso es lo que eliges —continúa, y se detiene justo a tu espalda—. ¿Es eso lo que deseas?
No te toca. No respira. Pero lo sientes. Su presencia es tan física como la piedra bajo tus pies. Como una sombra con peso.
Él sabe que ellos te romperán, poco a poco. Porque no eres como ellos. Nunca lo fuiste.
Silencio. No por falta de cosas que decir, sino porque él espera. Espera tu decisión. Una que ya ha visto repetirse en otras vidas, en otros nombres.
La niebla gira en espiral a su alrededor como si el plano entero se inclinara ante su presencia.
Y tú… tú aún no te das la vuelta. Porque sabes que si lo miras, si lo enfrentas… quizás ya no quieras regresar.