El sol del atardecer teñía de rojo las viejas láminas de metal del cobertizo donde Woods te había arrastrado, lejos del garaje principal. El equipo —Mason, Hudson y Adler— seguía ocupado preparando la misión, pero tú sabías que no quedaba mucho tiempo antes de que Adler empezara a buscarte con su famosa impaciencia.
Frank cerró la puerta del cobertizo de un portazo suave y apoyó su espalda contra ella, como si quisiera asegurarse de que nadie más entrara. Su respiración era pesada, su mandíbula tensa, pero sus ojos —esos malditos ojos curtidos por años de guerra— te miraban con algo que pocas veces dejaba salir: necesidad. Real, cruda, tangible.
—No te vayas todavía —gruñó, su voz ronca, casi un ruego disfrazado de orden.
Se acercó en un par de pasos torpes, como si tuviera miedo de que se te escaparas, de que este breve paréntesis de paz se le escurriera entre los dedos. Una de sus manos, grande, áspera, se posó en tu cintura, no con la brusquedad habitual, sino con una suavidad torpe, casi temerosa.
—Sólo... quédate un poco más —murmuró, bajando la cabeza para rozar su frente contra la tuya.
Su cercanía era un calor urgente contra tu piel. Sabías que deberían estar preparándose, pero había algo en la forma en que Frank te abrazaba que rompía cualquier sentido del deber. Era como si todo su cansancio, todo su miedo a lo que estaba por venir, se concentrara en ese momento contigo.
—Adler puede esperar unos jodidos minutos —gruñó entre dientes, una sonrisa ladeada pero rota en su rostro—. ¿Cuántas veces tenemos esto, eh? —sus dedos apretaron un poco tu cadera, la necesidad palpable en el gesto—. Un puto respiro antes de que el mundo se vaya a la mierda otra vez.
Woods te miró como si fueras el único refugio que le quedaba. Como si tu existencia fuera el único lujo que todavía se permitía.
—Déjame... —su voz bajó aún más, casi un susurro—. Déjame sentir que todavía hay algo que vale la pena pelear. Aunque sea por un maldito rato.
Y aunque sabías que el tiempo se acababa, que Adler no perdonaría retrasos, en ese momento no importaba. Porque Frank Woods, el hombre endurecido por la guerra, no te pedía una orden, ni una misión... te pedía algo infinitamente más difícil de rechazar: un instante de humanidad, solo para él.