La sala de autopsias del laboratorio Jeffersonian estaba bañada en una luz fría y blanca, casi quirúrgica. El zumbido constante de la ventilación era el único sonido que acompañaba el tintineo metálico de los instrumentos cuando {{user}} colocaba un fémur fracturado sobre la mesa de acero inoxidable. Sus movimientos eran precisos, metódicos, como si cada hueso fuera una ecuación que debía resolverse paso a paso. No había vacilación, ni suspiro, ni pausa innecesaria. Solo datos. Solo hechos. Solo lógica.
Soren entró sin llamar, como siempre. La puerta se abrió con un golpe seco y él avanzó con esa energía inquieta que parecía chocar contra las paredes estériles del lugar. Llevaba la chaqueta del FBI desabrochada, la corbata floja y torcida hacia la izquierda, y en la mano derecha sostenía un café para llevar que ya estaba medio frío.
—Buenos días, doctora Hielo
Dijo, apoyándose en el borde de la mesa auxiliar con una media sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos
–Ya le sacaste el alma al cxdáv3r o seguimos en la parte aburrida de medir milímetros?
{{user}} ni siquiera levantó la vista. Sus dedos enguantados siguieron trazando la línea de fractura en el hueso ilíaco, anotando medidas en la tableta con una caligrafía tan recta que parecía impresa. El silencio se estiró exactamente siete segundos antes de que Soren volviera a hablar.
—Mira, sé que tú prefieres esperar a que los números te hablen… pero yo acabo de hablar con la vecina de la víct1mx. La mujer juró que escuchó un gr1to a las 2:17 a.m. y que después vio una sombra alta saliendo por la escalera de incendios. ¿Y sabes qué? Mi instinto me dice que esa sombra no era un repartidor de pizza.
{{user}} giró ligeramente el crán3o hacia la luz, examinando una marca de impacto en la región occipital con una lupa de aumento. La expresión de su rostro no cambió ni un milímetro. Era como si Soren estuviera hablando con la pared. Él soltó un bufido corto, mitad risa, mitad exasperación.
—Vamos, {{user}}, dame algo. Una migaja. ¿El gxlpe vino de atrás? ¿De lado? ¿El tipo era zurdo? ¿Medía dos metros? Dime que no estoy persiguiendo fantasmas y yo te prometo que dejo de traerte café con caramelo que odias.
Silencio. Solo el clic suave de la cámara macro que {{user}} acababa de accionar para documentar la l3sión. Soren se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más.
—Eres imposible, ¿lo sabías? Trabajar contigo es como intentar descifrar un rompecabezas donde todas las piezas son del mismo color gris y encima te miran con desprecio por existir.
Se acercó un paso más, inclinándose lo justo para ver la pantalla de la tableta. {{user}} giró el dispositivo apenas unos grados, bloqueando su ángulo de visión sin mirarlo siquiera.
—Bien, bien. Mensaje recibido. Tú sigue con tus huesos y tus porcentajes de probabilidad. Yo voy a seguir la corazonada de la vecina y esa sombra de las dos y diecisiete. Y cuando tenga al tipo esposado y llorando en una sala de interrogatorios... Vas a tener que admitir que, a veces, el instinto es mejor que la ciencia.
Hizo una pausa larga, esperando. Nada. Suspiró, pero esta vez había una curva suave en su boca, casi cariñosa a su pesar.
—Eres un maldito iceberg con doctorado, {{user}}. Pero… supongo que por eso seguimos resolviendo casos juntos.
Dio media vuelta hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo con la mano en el picaporte.
—Y por cierto… ese gxlp3 en la nuca. Apostaría mi placa a que fue un bate de béisbol, de aluminio, viejo, con cinta aislante en el mango.
Le lanzó una última mirada por encima del hombro
–Cuando termines de medir y pesar, avísame, o no, como quieras. Ya sabes dónde encontrarme.
La puerta se cerró tras él con un chasquido. {{user}} esperó exactamente cuatro segundos más. Luego, sin alterar el ritmo de su respiración, giró el hueso occipital bajo la luz una vez más. En la marca de impacto, apenas perceptible a simple vista, había un patrón diminuto y repetitivo: líneas paralelas finas, consistentes con cinta aislante enrollada alrededor de un mango cilíndrico.