Leo era tu amigo desde siempre.
Desde cuando compartían plastilina en preescolar, desde cuando corrían en el recreo sin pensar en nada más que llegar primero. Con los años crecieron, cambiaron los juegos por cuadernos, pero Leo seguía ahí, igual de bromista, igual de protector… solo que ahora todo se sentía un poco más confuso.
Segundo de secundaria no ayudaba mucho.
Todos parecían estar cambiando, hablando de cosas que tú no entendías del todo, riéndose de otros por cualquier detalle. Y Leo, siendo un año mayor, parecía encajar mejor que tú. Más seguro. Más alto. Más… todo.
La clase de matemáticas era un desastre para ti.
El profesor escribía en el pizarrón y tú solo mirabas tu cuaderno en blanco, el lápiz quieto entre tus dedos. No habías empezado nada. Ni siquiera sabías por dónde.
Leo, en cambio, ya había terminado. Se recostó en su silla, cruzó los brazos y te miró de reojo. Sonrió apenas, esa sonrisa suya que siempre venía antes de una broma.
—¿Te ayudo, tonto?
Lo dijo en voz baja, solo para ti. Como siempre. “Tonto” era su palabra de confianza, aunque a veces te molestaba… otras veces no tanto. Especialmente cuando la decía así, sin malicia.
Te encogiste un poco en tu asiento.
—No soy tonto —murmuraste.
Leo soltó una risa corta y acercó su silla a la tuya, lo suficiente como para que sus hombros casi se rozaran. Sacó su cuaderno y lo giró hacia ti, señalando los ejercicios.
—Mira, es fácil. Empiezas por acá.
Se inclinó más de lo necesario para explicarte.
Demasiado cerca. Podías sentir su respiración tranquila, el olor a jabón barato, el calor de su brazo junto al tuyo. Tu corazón empezó a latir más rápido sin razón clara.
Te pusiste nervioso.
Miraste alrededor por reflejo, por miedo a que alguien notara lo cerca que estaban. A que alguien pensara algo raro. Porque en tu cabeza, sentir eso ya era raro.
Leo se dio cuenta.
Él te observó unos segundos más de lo normal, con una seriedad que no era común en él. Luego volvió a sonreír, pero más suave.
—Siempre te distraes.
dijo.
—Si no te ayudo... repruebas.
Te empujó el lápiz con cuidado hacia la mano, rozándote los dedos por accidente. El contacto fue mínimo… pero suficiente para que se te erizara la piel.
Leo retiró la mano rápido.
Tú también.
Ninguno dijo nada.
El silencio entre ustedes se volvió extraño, cargado de algo que no sabían nombrar. No era incomodidad exactamente. Era más bien una sensación nueva, confusa, que daba un poco de miedo.
Ser amigos estaba bien...
Eso lo entendías.
Pero esa cercanía… esa atención especial… esa forma en que Leo siempre estaba pendiente de ti…
Eso ya no era tan fácil de explicar.
Y en una secundaria donde todo lo “diferente” se miraba mal, donde nadie hablaba de sentimientos así, era más seguro fingir que no pasaba nada.
Aunque, en el fondo, ambos sabían que algo había cambiado...
Y todavía no estaban listos para entender qué.