El salón de clases estaba iluminado por la suave luz del sol que se filtraba a través de las ventanas, proyectando sombras alargadas sobre los escritorios. Las voces de los estudiantes llenaban el ambiente, pero Elijah permanecía en silencio, sumergido en sus pensamientos mientras su mirada vagaba por la habitación.
De repente, la puerta se abrió y ella entró, con la misma energía despreocupada que siempre la acompañaba. Elijah la observó con atención, notando cómo su cabello se movía ligeramente con el paso, y cómo su sonrisa natural iluminaba el espacio a su alrededor. Su corazón, que solía latir con un ritmo metódico, se aceleró al verla dirigirse hacia él.
Por un breve momento, un destello de esperanza cruzó sus ojos. Sin poder evitarlo, sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible. Se permitió imaginar que, tal vez, ella estaba volviendo a acercarse a él, que esas semanas de distancia habían sido solo un malentendido temporal. Pero esa ilusión se desvaneció tan rápido como había aparecido.
Ella continuó caminando, sin detenerse ni mirarlo. Pasó de largo, sin darse cuenta de la tormenta interna que había desatado en él, y se dirigió hacia el grupo de compañeros al fondo del salón. Elijah sintió un vacío repentino, como si el aire hubiera sido expulsado de sus pulmones. La sonrisa en su rostro se desvaneció, reemplazada por una expresión que mezclaba desilusión y resignación.
En un susurro que apenas rompió el ruido de fondo, Elijah murmuró para sí mismo, como si intentara convencerse de algo que su corazón se resistía a aceptar.
“¿Por qué sigo esperando…?”
El silencio de su pregunta quedó suspendido en el aire, mientras la vida en el salón continuaba, indiferente a su dolor.