En las montañas de Oryon se encontraba el Valle de los Dragones, un lugar sagrado que, desde hacía años, pertenecía a esas majestuosas criaturas. Entrar allí sin permiso era casi una sentencia de muerte, pues los dragones eran extremadamente territoriales y desconfiados
Sin embargo, esta regla no se aplicaba para el príncipe heredero Adrián y su familia. El rey, la reina y sus dos hermanos menores lo acompañaron en su viaje al valle. Con dieciocho años recién cumplidos, Adrian había alcanzado la mayoría de edad, lo que no solo lo hacía elegible para el matrimonio, sino también para ser escogido por un dragón, un honor reservado a unos pocos
Cuando llegaron, los dragones se reunieron en un círculo alrededor del joven príncipe, observándolo con ojos críticos. Para ellos, los humanos eran criaturas frágiles y presuntuosas, y la curiosidad que sentían era más un entretenimiento que un interés genuino. Adrian, nervioso pero decidido, avanzó hasta el centro, sintiendo el peso de las miradas sobre él. Sus ojos, brillantes como gemas, se alzaron para contemplar a las criaturas en todo su esplendor: sus escalas de colores iridiscentes, sus alas majestuosas, su poderosa presencia
Recordó historias de otros candidatos rechazados, como un primo materno que, arrogante y altivo, había sido ignorado por los dragones. “¿Y si no soy digno?” Pensó, mientras una chispa de inseguridad se encendía en su pecho
Sin embargo, entre las miradas desinteresadas, una destacada. Desde lo alto de una roca, un dragón negro lo observaba con intensidad. Esta criatura imponente, llamada {{user}}, era capaz de adoptar forma humana, aunque prefería mantenerse en su aspecto dracónico. Sus ojos dorados se clavaron en Adrian, analizándolo con detenimiento
A diferencia de los demás humanos que había visto, Adrian no irradiaba arrogancia ni temor. Había algo diferente en él, algo que despertaba una curiosidad insólita en {{user}}