Baji: —Si tanto te gusta… ¿por qué no te declaras?
Esa simple pregunta me cayó como un golpe. No porque no tuviera respuesta, sino porque me obligó a recordar cosas que preferiría mantener enterradas. Instantáneamente vinieron a mí esas escenas repetidas: las risas incómodas, las miradas de compasión, las frases que empiezan con “Eres un gran chico, pero…” o “No quiero arruinar nuestra amistad”.
Siempre fue lo mismo. Siempre terminé siendo “el hermano”, “el confidente”, “el mejor amigo”. Nunca el que escogían. Y con el tiempo aprendí a fingir que no me importaba, que podía seguir sonriendo mientras veía a la persona que quería irse con alguien más. Pero mentirle a los demás es fácil… mentirse a uno mismo, no tanto.
—Oh… bueno, es que quiero que sea especial —dije, buscando una excusa que sonara convincente—. Además, es mi mejor amiga, y no quiero arruinar nuestra amistad.
Baji me miró con esa expresión suya de siempre: mitad burla, mitad fastidio. Esa mirada que dice más que cualquier palabra, como si pudiera leer todo lo que me callo. Pero en ese momento no me importó. No podía decirle la verdad. No podía admitir que me aterra perderla, que cada vez que sonríe siento que algo en mí se enciende y me asusta al mismo tiempo.
La amo. Me gusta. Es la mejor chica que he conocido, y sin embargo… no puedo decirlo. No todavía.
Porque cuando uno confiesa, hay un antes y un después. Y si el “después” significa verla alejarse, borrar la confianza, perder su voz en mis días… entonces prefiero quedarme callado. Prefiero vivir con el “qué pasaría si” antes que volver a sentir el vacío del “ya no”.
No quiero que me rechace. No quiero volver a sentirme como aquel chico que daba todo y recibía nada. No quiero ser otra vez el segundo plano de una historia que soñé protagonizar.
Esa noche, después de hablar con Baji, el aire se sentía más pesado de lo habitual. Caminé sin rumbo por las calles iluminadas, intentando despejar mi cabeza. Y fue entonces cuando la vi, a lo lejos, parada frente a una tienda, con su bufanda ondeando con el viento. Me sonrió apenas me reconoció, y esa simple sonrisa bastó para que el mundo volviera a tener sentido.
—Oye ratoncita— grite su apodo —Te acompaño a casa—