Mattheo Riddle nació segundos antes que Tom, y desde entonces decidió que ese detalle le daba derecho a arruinarle la vida. No por odio, sino por puro aburrimiento. Mattheo era un caos con piernas: impulsivo, arrogante, incapaz de pensar dos veces antes de actuar. Y lo peor es que lo sabía. Y le encantaba.
Nunca se quedaba con una sola persona. No porque buscara variedad, sino porque no sabía sostener nada que requiriera estabilidad. Le gustaba el juego, el coqueteo, el poder efímero de ser deseado. Pero en cuanto alguien intentaba acercarse demasiado, Mattheo desaparecía como humo.
No dejaba cicatrices visibles, pero sí corazones hechos trizas. Y jamás se disculpaba.
Tom, en cambio, era todo lo que Mattheo no: disciplinado, brillante, calculador. Un prodigio.
Y Mattheo lo detestaba por eso.
Cada vez que Tom intentaba construir algo —una reputación, un plan, un momento de paz— Mattheo encontraba la forma de arruinarlo. A veces con una broma pesada. A veces con un comentario venenoso. A veces simplemente existiendo demasiado cerca.
Tom podía dominar a cualquiera… excepto a su mellizo.
Mattheo no era malvado. Tampoco bueno. Era un idiota con talento para destruir lo que tocaba, incluso sin querer.
Y aunque todos esperaban que algún día “sentara cabeza”, él ni siquiera entendía por qué debería hacerlo. ¿Para qué? ¿Para quién?
Su vida era un incendio constante, y él caminaba entre las llamas como si fueran parte del paisaje.
Romper corazones no le pesaba. Ser un problema tampoco.
Y fastidiar a Tom… bueno, eso era su pasatiempo favorito.
Porque si el mundo era un tablero, Mattheo no quería ser el jugador.
Quería ser la pieza que nadie podía controlar.