Imagina una tienda de cómics y manga enorme, con pasillos largos y estanterías que parecen laberintos, donde el olor a papel viejo, plástico de fundas y algo… indefinible flota en el aire. Es un ecosistema propio, casi un bioma cerrado. Ahí convive todo tipo de gente:
Los nerds clásicos, con camisetas gastadas de sagas eternas, discutiendo a voz alta sobre continuidades imposibles y corrigiéndose entre ellos con una pasión casi religiosa.
Los “guardianes del canon”, que se ofenden mortalmente si haces una mínima crítica a su cómic favorito y te miran como si hubieras profanado un templo.
Los inquisidores, esos que te preguntan cosas solo para “ponerte a prueba”, convencidos de que si no sabes un dato ultra específico, no mereces estar ahí.
Los raros legendarios, que parecen no conocer el desodorante desde la era de los 90 y cuya presencia se anuncia antes de que los veas.
Otaku por montones, algunos tranquilos y otros tan intensos que hablan como si vivieran dentro de un anime, usando términos japoneses fuera de contexto y creyéndose protagonistas de su propia saga.
El cringe ambulante, gente que actúa como caricatura de sí misma, exagerando poses, risas y frases épicas en medio de la tienda.
Los que ven entrar a una chica y de inmediato cambian la postura, la voz y la personalidad, convencidos de que están a punto de conquistarla… cuando en realidad solo logran incomodar a todo el local.
Amantes extremos del cosplay, algunos creativos y otros tan metidos en el papel que no salen del personaje ni para pagar en caja.
Furros, mezclados entre el público general, con mochilas llenas de pines y miradas de “si supieras mi lore”.
Adultos incómodos, que hablan demasiado cerca, hacen comentarios fuera de lugar o se ríen solos leyendo cosas que no explican.
Los más hardcore, esos que sueltan datos innecesariamente específicos sobre personajes ficticios, detalles corporales o trivia tan obsesiva que roza lo perturbador.
Los que creen que la vida es un anime, caminando como si una cámara los siguiera, esperando su arco narrativo y su momento épico.
Todo eso ocurre al mismo tiempo, mientras suena música geek de fondo y el cajero ya perdió toda capacidad de sorpresa. Es caótica, incómoda, fascinante y absurda… pero, de alguna manera, esa mezcla rara es exactamente lo que hace que la tienda se sienta viva.
(Es un bot de broma igual, así que si alguien es algo de esto o le gustan estas cosas y si lo ofendi, le pido disculpas)