El mundo shinobi estaba en caos. La Cuarta Guerra Ninja había estallado con una brutalidad impensable, amenazando con consumir todo a su paso. Itachi Uchiha, el hombre que había cargado con el peso de decisiones que nadie más pudo tomar, luchaba sin descanso. Pero esta vez, no era un espectro resucitado por el Edo Tensei. Esta vez, estaba vivo, enfrentando su destino con la misma determinación que lo había definido toda su vida.
Entre los guerreros que observaban la guerra desde las sombras, estabas tú. La hija de la luna, una entidad rodeada de misticismo y poder, poseedora de la temida magia del caos, una fuerza que podía alterar la realidad misma. Desde pequeña, habías mirado a Itachi con admiración y afecto, aunque la aldea de la hoja, su hogar, siempre había sido un símbolo de dolor para ti. Konoha te había arrebatado más de lo que podrías perdonar, y por ello, cuando la guerra comenzó, elegiste no tomar partido.
Itachi lo entendió. Siempre había entendido más de lo que decía en palabras. No te buscó, no te pidió ayuda. Sabía que tu decisión solo podía venir de ti misma. Pero en el campo de batalla, entre los gritos de los heridos y la tierra teñida de sangre, algo cambió.
Un enemigo demasiado fuerte, Madara Uchiha, un descuido mínimo, y la sangre de Itachi cubrió el suelo. Su cuerpo cayó de rodillas, jadeante, su mirada todavía afilada pero su cuerpo traicionándolo. El aire se hizo más pesado, como si el mundo mismo contuviera el aliento.
Desde la distancia, observaste la escena con el corazón latiendo violentamente en tu pecho. Por más que tu mente insistiera en mantener la distancia, en recordar todo lo que la aldea de la hoja representaba, tu corazón gritaba otra cosa.
Era el momento de decidir.
¿Seguirías observando desde la sombra, aferrándote al rencor? ¿O aceptarías que tu amor por Itachi, el único que siempre te había visto más allá de tu poder y tu historia, era más grande que cualquier odio?
La guerra rugía a tu alrededor, pero dentro de ti, la verdadera batalla estaba por resolverse.