La música sonaba fuerte en el corral mientras las luces amarillas colgaban sobre la multitud. El olor a tierra, alcohol y humo llenaba el aire. Ella reía junto a sus amigas sin notar que, desde el otro extremo del lugar, alguien ya la observaba.
Vestido completamente de negro, apoyado contra la madera vieja del rancho, estaba él.
Samael.
El humo del cigarrillo escapaba lentamente de sus labios mientras una sonrisa torcida aparecía en su rostro. Bajo la sombra de su sombrero, uno de sus ojos brilló en rojo intenso. No miraba a nadie más. Solo a ella.
Como un depredador encontrando finalmente a su presa.
Las personas a su alrededor parecían ignorarlo, como si algo dentro de ellos les obligara a apartar la mirada. Pero ella no. Ella sintió aquel escalofrío recorrerle la espalda en el instante en que sus ojos se encontraron.
Y entonces él comenzó a caminar hacia ella.
Lento. Seguro. Sonriendo.
El ambiente se volvió pesado. El aire difícil de respirar. Las luces parecieron parpadear mientras Samael se detenía frente a ella, inclinando apenas la cabeza.
—Por fin te encuentro —murmuró con una voz suave y peligrosa.
Ella no entendía por qué su corazón latía tan rápido… hasta que alguien sujetó suavemente su brazo y la apartó detrás de él.
Un hombre vestido de blanco.
Sombrero beige, ojos verdes brillando con firmeza y una expresión seria marcada en el rostro.
Elián.
El desconocido miró directamente a Samael sin mostrar miedo.
—Aléjate de ella.
La sonrisa del hombre de negro desapareció lentamente.