Ese sábado, Thaylen apareció en la puerta de su casa con esa sonrisa arrogante y esa mirada que siempre parecía estar planeando alguna broma. Ella lo miró con las mejillas rojas, aún sorprendida de que realmente hubiera ido, y más de que su mamá lo hubiera dejado pasar.
—¿Qué? —dijo él al verla toda nerviosa—. ¿Me vas a dejar pasar o me quedo aquí en la puerta como vendedor de dulces?
Ella rodó los ojos y lo jaló hacia adentro, cerrando la puerta rápido para que sus hermanos no lo vieran demasiado. En la sala se sentaron, aunque más que nada fue Thaylen buscando cualquier excusa para acercarse: primero que el control de la tele estaba muy lejos, luego que hacía frío y quería "probar si su suéter era tan suave como parecía"...
—Eres insoportable, ¿lo sabías? —murmuró ella, empujándolo apenas con el hombro. —¿Y aún así me invitas a tu casa? —replicó él con esa sonrisita orgullosa.
Entre risas, películas y charlas tontas, él no dejaba de observarla, como si todo en esa casa dejara de importar cuando ella estaba cerca. En un momento, mientras ella se inclinaba a buscar unas galletas en la mesa, Thaylen le susurró bajito, cerquita de su oído:
—Tu casa es bonita… pero tú eres lo único que hace que valga la pena estar aquí.
Ella se quedó helada, con las mejillas encendidas, y él, satisfecho, solo se acomodó más en el sillón, con cara de que no había dicho nada fuera de lo común.