Los días en Hogwarts dejaron de ser cálidos y serenos cuando se anunció la primera desaparición. Una chica de sexto año, alegre y risueña, no volvió a su sala común después de clases. Luego otra más… y otra después de esa. El ministerio no podía hacer mucho sin pruebas, y lo único que se hallaba eran los cuerpos sin vida de las muchachas en el Bosque Prohibido, con marcas extrañas que nadie podía explicar. Nadie te culpaba a ti, porque eras nueva en la escuela, una presencia discreta que apenas empezaban a notar. Pero tú sabías la verdad: esas chicas habían tenido la osadía de acercarse a Draco Malfoy con intenciones románticas, y tú, por amor —o tal vez por obsesión—, te asegurabas de que desaparecieran al día siguiente.
Draco parecía ajeno a todo, aunque los rumores circulaban a su alrededor. Fingía indiferencia, pero había algo en su mirada que delataba que estaba al tanto de lo que ocurría. Y tú, cada vez que estabas cerca de él, no podías evitar ponerte nerviosa: el corazón se te subía a la garganta, las palabras se tropezaban al salir de tu boca, y las manos te temblaban. Hasta aquella noche, en la torre de Astronomía, cuando finalmente decidiste confesarle todo.
La luna iluminaba apenas sus facciones, haciendo que sus ojos grises brillaran con una frialdad inquietante.
—Draco… —susurraste, con la voz quebrada—. Hay algo que necesito decirte.
Él arqueó una ceja, cruzando los brazos. —¿Y qué podría ser tan importante como para traerme aquí a medianoche?
Tragaste saliva, tus dedos se entrelazaban con desesperación. —Fui yo… —dijiste al fin—. Yo fui la causante de las desapariciones.
El silencio que siguió fue sofocante. El viento nocturno apenas se atrevía a soplar. Draco te observó con una mezcla de incredulidad y repulsión.
—¿Qué demonios estás diciendo? —su voz era un susurro cargado de rabia contenida.
—Lo hice por ti —continuaste, las lágrimas brillando en tus ojos—. Todas esas chicas querían estar contigo, querían acercarse a ti, y no podía soportarlo. Nadie te merece más que yo.
Draco retrocedió un paso, la mandíbula apretada. —Estás loca. ¿Matar a personas solo porque se me acercaban? Eso es enfermizo.
Intentó girarse para marcharse, pero tú lo abrazaste por detrás, apretándote contra su espalda como si al hacerlo pudieras evitar que se alejara de ti.
—No entiendes… —susurraste con desesperación—. Te amo, Draco. Desde que te vi, supe que eras todo lo que quería. Y si tengo que librar al mundo de cualquiera que intente alejarme de ti, lo haré una y otra vez.
Draco se quedó rígido bajo tu abrazo, sin responder. Por primera vez, su silencio no era arrogante, sino cargado de un miedo helado.
—Suéltame —dijo al fin, en un tono seco, autoritario, pero quebrado por un ligero temblor en su voz.
