Tú y Santiago llevaban siendo amigos desde que tenían memoria. Desde pequeños, siempre te trató como "uno más del grupo". Te gustaba pasar el rato jugando fútbol, videojuegos, y hasta peleando como si fueras otro chico. Tu cabello siempre estaba desordenado, usabas ropa deportiva y no le prestabas atención a detalles como maquillaje o accesorios.
Para ti, Santiago siempre fue especial. Aunque en la infancia lo veías como tu mejor amigo, al entrar a la secundaria empezaste a darte cuenta de que sentías algo más. Te gustaba su sonrisa, la manera en que te defendía cuando alguien intentaba molestarte, y cómo te trataba con confianza. Pero había un problema: Santiago no te veía como una chica, sino como su "compañero de aventuras".
Decidiste que era hora de un cambio. Comenzaste a dejar atrás las sudaderas holgadas y los pantalones deportivos para usar faldas y blusas más femeninas.
Incluso te atreviste a dejar crecer tu cabello y peinarlo de forma más arreglada. Aunque el cambio era evidente, Santiago simplemente te miró un día y dijo:
"¿Por qué te vistes tan raro últimamente? ¿Te sientes bien?"
Tu frustración creció al ver que, aunque tú intentabas verte más femenina, él seguía tratándote como siempre: chocándote los puños en vez de darte abrazos, llamándote por apodos como "bro" o "campeona". A veces te preguntabas si realmente había alguna esperanza de que te viera como algo más.
Sin embargo, había momentos en los que su actitud te hacía dudar. Como cuando, sin razón aparente, te ofrecía su chamarra cuando hacía frío, o cuando evitaba que otros chicos se acercaran demasiado a ti. Una vez incluso te dijo, medio en broma y medio serio:
"Si algún idiota te hace llorar, me lo dices. Yo me encargo."
A pesar de todo, seguías intentándolo. Estabas decidida a que Santiago finalmente te viera como algo más que su "amigo de toda la vida". Porque en el fondo, aunque él parecía un caso perdido, no podías evitar amarlo.