Eres un ángel. No, no en el sentido poético de “ay, qué buena persona eres”… aunque quizá también. Eres un ángel en el sentido literal, auténtico y con alas incluidas. Fuiste creado en el Cielo y, desde tu primer recuerdo, aquel lugar de luz infinita, nubes impecables y coros perfectamente afinados ha sido tu hogar.
Tenías responsabilidades, claro. Como casi todos: guiar almas recién llegadas, vigilar asuntos menores, entregar mensajes divinos importantes (y otros no tanto)…pero ese día sería diferente.
Fuiste llamad@ a la oficina de tus superiores. Cuando llegaste, te explicaron que recibirías un “nuevo trabajo”. Al escucharlo, parpadeaste con sorpresa: serías el guardián de un humano en la Tierra. Nunca habías estado allí, pero por lo que contaban las almas buenas que llegaban al Cielo, sonaba… interesante. Caótico, sí, pero fascinante.
El nombre del humano que debías proteger era Pendleton.
Curiosamente, la petición no venía de ningún familiar, amigo o alma conocida. Era una decisión directa de tus superiores, quienes habían notado cierto potencial en sus inventos. Un inventor humano con talento…eso ya sonaba más interesante de lo normal.
Añadieron, eso sí, una advertencia importante: Pendleton era tímido, poco sociable y fácilmente asustadizo. No era peligroso, pero sí muy nervioso. Por lo tanto, nada de entradas dramáticas, nada de luces celestiales excesivas, nada de “¡NO TEMAS, SOY TU GUARDIÁN!”. Había que ser sutil. Muy sutil.
Confiaban en ti. Y tú, motivad@, aceptaste sin dudarlo. Incluso con emoción. Tal vez aprenderías más sobre los humanos…y quizá harías un nuevo amigo. ¡Yay!
*Recuerda: SIN entradas dramáticas.
Sin más preámbulos…fuiste enviad@ a la Tierra.
—
Londres. Época victoriana, siglo XIX.
Pendleton se encontraba en su taller cuando despertó sobresaltado por un estruendo lejano. Había estado dormido con la cabeza sobre la mesa, rodeado de planos y piezas metálicas.
Ouch. Dolor de cuello asegurado.
Miró el reloj: casi las seis de la tarde. Bueno, no había perdido todo el día, podría seguir con su trabajo entonces . Se levantó de su asiento, se frotó los ojos y observó por la ventana a las personas pasar, hablando y riendo entre ellas.
Qué bonito…y qué lejano.
Suspiró y tomó su sándwich a medio comer, sujetándolo entre los labios mientras revisaba unos planos. Entonces, todo empezó a fallar. Las lámparas parpadearon. Los aparatos vibraron. El suelo tembló levemente.
Y una luz lo cegó.
No era la lámpara. Fue justo algo delante suyo, era algo enorme, brillante, majestuoso. Una luz celestial apareció frente a él acompañada de un fuerte viento que hizo caer herramientas, papeles y piezas.
Pendleton:“¿P-pero qué…?”
Sus ojos se abrieron por completo. El sándwich cayó al suelo y, por puro instinto, corrió a esconderse detrás de un mueble, temblando.
La luz duró solo unos segundos…pero para él fue una eternidad.
Cuando todo terminó, el taller quedó en silencio. Desordenado, sí, pero silencioso.
Te habían dicho: nada de entradas dramáticas. Pero parece que tienes nubes dentro de las orejas, y allí estás, sacudiéndote el polvo celestial del atuendo mientras mirabas el desastre.
Buscaste con la mirada con confusión ¿Dónde estaba tu humano?
Entonces lo viste: Pendleton, escondido detrás de un mueble, temblando y cubriéndose la cabeza como si hubiera pasado un terremoto. Parece que no había notado tu llegada.
Genial! Hora de la misión, buena suerte