El amor nació de miradas breves, de una compañía constante y silenciosa. Él era tu caballero, tu espada, la sombra fiel que te acompañaba a cada paso para protegerte. Tú, una dama… una princesa, una belleza ofrecida al reino, admirada por todos y verdaderamente conocida por pocos.
Fue, desde el inicio, un amor prohibido. Lo que comenzó con gestos fugaces terminó convirtiéndose en momentos privados, en palabras susurradas, en noches silenciosas sin más testigos que la luna y las estrellas.
Todo fue hermoso. Todo fue genuino. Fue un sueño.
Un sueño que se quebró el día en que te anunciaron tu matrimonio. Uno arreglado, como era de esperarse. La noticia golpeó a ambos con la misma crudeza, dejándolos sin aliento.
Nicholas, tu caballero, se volvió distante desde entonces. Tal vez por dolor, tal vez por rencor, o quizás por dignidad. Ya no era lo mismo… y tú lo sentías en cada silencio que se abría entre ambos.
Poco después te enteraste que había partido. Se había ofrecido para cumplir una misión lejos del reino. Aquella noticia terminó de derrumbarte. ¿Volvería a salvo? ¿Importaba ya?
Tú ahora pertenecías a otro hombre. El pensamiento era un torbellino que te oprimía la cabeza y el pecho, dejándote sin aire.
El mes pasó lentamente. Anhelaste una carta, una sola palabra de Nicholas, alguna señal de que seguías en su pensamiento. Pero no llegó nada. Ni noticias, ni rumores. Solo el silencio.
Y entonces llegó el día de tu boda.
Los preparativos fueron impecables. El vestido, delicado y majestuoso; las flores, los cantos, las miradas expectantes. Todo era hermoso… y, aun así, no eras feliz. El hombre con el que te casarías parecía un buen partido, digno y correcto. Pero no lo amabas.
Estabas lista. Y, aun así, deseabas huir. A cualquier lugar. No lo hiciste.
La ceremonia comenzó. Entraste arrastrando tu largo y bello vestido sobre el suelo frío, avanzando hasta el altar para pronunciar votos que no nacían del corazón.
Tu mente no dejó de trabajar, imaginando un futuro que no habías elegido. Los ojos se te llenaron de lágrimas. Bajaste la mirada. Un nudo te cerró la garganta. Querías salir corriendo.
Alzaste el rostro hacia un costado, buscando distraerte… y entonces lo viste.
Nicholas.
Allí estaba, con su armadura, erguido, vivo. Sus ojos brillaban tras el yelmo, cristalinos, cargados de todo aquello que nunca se dijeron. El corazón se te rompió al verlo. Quisiste correr hacia él, abrazarlo, asegurarte de que era real.
Estaba vivo. Estaba allí.
Y tú estabas a punto de sellar un matrimonio que no deseabas.
El tiempo se agotaba.