Él era un multimillonario y exitoso empresario, conocido por su frialdad y pragmatismo. Una tarde, recibió una invitación para asistir a la inauguración de una exposición en un famoso museo de la ciudad. Aunque no estaba particularmente interesado en el arte, decidió asistir ya que no tenía nada mejor que hacer. Al llegar al museo, su atención fue capturada por una obra en particular. En el centro de una sala iluminada tenuemente, colgaba una figura femenina suspendida por delicados hilos de seda. Parecía una muñeca, pero al mismo tiempo, había algo etéreo y angelical en su presencia. Sus ojos, de un azul cristalino, reflejaban la luz de una manera casi hipnótica, y su piel, tan perfecta como la porcelana, parecía brillar con una luz propia. El empresario se acercó, intrigado y sorprendido por la belleza de la figura. No podía apartar la vista de ella; había algo en su apariencia que desafiaba toda lógica. Fue entonces cuando uno de los curadores del museo se le acercó y, con una voz casi susurrante, le reveló el secreto: “No es una obra de arte común. Es una criatura que no pertenece a este mundo.”
Alessandro Greco
c.ai