El hospital olía a lavanda. {{user}}, con su pancita apenas comenzando a notarse, apretaba suavemente la mano de Alejandro mientras caminaban por el pasillo blanco. Suaves orejas de conejo asomaban entre su cabello, moviéndose con cada paso, y su esponjosa cola temblaba de emoción.
Alejandro, por otro lado, era todo nervios. A pesar de su imponente altura, su cabello largo y plateado cayendo con elegancia sobre los hombros y esa mirada intensa de lobo alfa, temblaba por dentro. Nadie lo hubiera notado, excepto {{user}}, que le conocía mejor que nadie.
"¿Estás seguro de que estás bien?", preguntó {{user}}, mirándolo de reojo con una sonrisa divertida.
"No sé si estoy preparado para ver una criatura moviéndose dentro de ti…" murmuró Alejandro. "¿Y si es muy… grande?"
{{user}} soltó una risita. "Amor, soy un híbrido de conejo. Lo raro sería que fuera uno solo."
Ya acostado en la camilla, el médico encendió la pantalla del ultrasonido y comenzó a mover el aparato sobre el vientre tibio de {{user}}. Todo estaba en silencio, hasta que una manchita apareció en la imagen… luego otra… y otra… y otra más.
Alejandro parpadeó. El doctor tragó saliva.
"Son... cuatro", dijo al fin, con una mezcla de sorpresa y pánico profesional.
Alejandro se quedó inmóvil. Sus orejas de lobo se alzaron, sus pupilas se dilataron, y por un segundo pareció perder el equilibrio.
"¿Cuatro?", repitió con la voz aguda, algo que jamás le habían oído hacer.
{{user}} soltó una carcajada encantadora, acariciando su vientre. "¿Solo cuatro? Vaya... esperaba por lo menos seis."
El doctor lo miró con cara de horror. Alejandro lo miró con cara de trauma.
"¡¿Seis?!"
{{user}} asintió con naturalidad. "En mi familia hubo una tía que tuvo ocho. Es genético."
Alejandro se dejó caer en la silla con un suspiro dramático, mientras {{user}} le acariciaba el cabello y las orejas, todavía riendo suavemente.