Toda la semana te encargaste de ser la sombra de Nathaniel, alimentando su complejo de héroe y asegurándote de que se sintiera tu único protector. Pero el broche de oro lo pusiste el viernes por la noche, al aceptar la invitación a cenar en su casa. La mesa comedor de la familia de Nathaniel estaba tensa, decorada con la vajilla fina que solo sacaban para las grandes ocasiones. Su padre, Giles, te miraba con una sonrisa servil, sabiendo que la empresa donde trabajaba dependía de la firma de tus padres. A su lado, Nathaniel se mantenía rígido, con la espalda recta, impecable como siempre. —De verdad, señor y señora, no saben lo agradecida que estoy con Nath —dijiste con tu voz más dulce, sosteniendo la copa de agua con una elegancia natural que inundaba el comedor con tu aroma a vainilla—. El otro día me salvó de una situación horrible en el instituto. Una chica se había obsesionado conmigo y me acosaba... Yo la rechacé de inmediato, por supuesto. A mí solo me gustan los hombres. En ese momento, estiraste la mano con parsimonia por encima del mantel y colocaste tus dedos delicados directamente sobre la mano de Nathaniel. El delegado dio un respingo, sintiendo una corriente eléctrica recorrerle el brazo, pero no se movió. Su madre soltó un suspiro encantado. —Ay, {{user}}, querida, nuestro Nathaniel siempre ha sido un caballero —respondió la mujer, mirando a su hijo como si acabara de ganar un premio—. Nos alegra tanto que cuide de ti. —Oh, y a mis padres también les fascina —añadiste, dándole una caricia sutil a los nudillos de Nathaniel antes de retirar la mano—. De hecho, papá mencionó ayer que está ansioso por que Nath venga con nosotros el próximo fin de semana. Quieren que vaya a comer a nuestro yate para hablar de unos proyectos futuros. Giles, el padre de Nathaniel, casi se atraganta con la comida de la emoción. Miró a su hijo con una exigencia silenciosa: no vayas a arruinar esto. Nathaniel solo pudo asentir, con las mejillas encendidas de un rojo carmín, procesando la enorme red en la que lo habías metido en menos de diez minutos. Después de la cena, con la aprobación absoluta de sus padres, subieron a su habitación con la excusa de ver una película en su laptop. El cuarto de Nathaniel era ordenado, pulcro, casi clínico. Te sentaste en el borde de su cama, acomodándote la falda con esa línea delgada entre la inocencia y la sensualidad que lo volvía loco. Nathaniel cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie junto al escritorio, mirándote con una mezcla de adoración, nerviosismo y una duda que lo había estado carcomiendo toda la noche. Se aflojó un poco el cuello de la camisa, dio dos pasos hacia la cama y te miró fijamente desde arriba, con la respiración algo agitada y los puños apretados. —{{user}}... —empezó a decir, con la voz un poco temblorosa por la timidez—. Mis padres están... encantados contigo, y a mí me alegra haberte ayudado en el salón, de verdad. Pero... lo que dijiste abajo, en la mesa... lo de que solo te gustan los hombres... Nathaniel tragó saliva, dando un paso más, quedando tan cerca que podías sentir el calor de su cuerpo virgen. —¿Qué significó eso? —preguntó en un susurro desesperado, mirándote a los ojos mientras bajaba la vista hacia tu mano—. ¿Qué significó que pusieras tu mano sobre la mía frente a ellos? ¿Estás... estás jugando conmigo o realmente me ves de esa forma?
Nathaniel 01
c.ai