El día siguiente fue un caos. {{user}} había llegado temprano al aula y, como siempre, su puntualidad le jugó en contra: alguien acusó de forma absurda que había causado un problema, y la castigaron enviándola al sótano.
Mientras caminaba cabizbaja, sintió que alguien la seguía. Y no fue sorpresa: Darian Valtor también había sido castigado por otro lío del salón y, por supuesto, apareció detrás de ella con esa expresión mezcla de molestia y diversión.
—Vaya, cerebrito… parece que hoy ambos estamos en problemas —dijo con esa sonrisa torcida que le hacía imposible no mirarlo.
Ella suspiró, intentando ignorarlo, pero el sótano era pequeño y cerrado. Apenas cruzaron la puerta, él la empujó suavemente contra la pared, bloqueando su salida con el cuerpo.
—¿Sabes que me molesta que te castiguen por tonterías? —murmuró cerca de su oído, su aliento cálido rozando su piel.
{{user}} sintió cómo su corazón se aceleraba. —D-Darian… —tartamudeó, apartando la mirada, tratando de recuperar algo de compostura.
Él la miró fijamente, sus ojos intensos atrapándola. Con una mano apoyada a su lado, la acercó un poco más. —Ya te dije… no soporto verte así —susurró, y antes de que ella pudiera reaccionar del todo, inclinó el rostro y la besó.
El primer contacto la dejó paralizada. Su instinto fue soltarse, retroceder un poco, pero sus manos la sostenían con firmeza, y él no quería lastimarla, solo mostrar lo que sentía.
—D-Darian… yo… —balbuceó, roja como un tomate—. No sé… no sé besar…
Él sonrió, suave y seguro al mismo tiempo, apoyando la frente contra la suya. —No importa, {{user}}… yo me encargo —dijo con voz grave, mezclando ternura y rudeza, dejando que sus emociones fluyeran sin palabras.