Eres una criatura imponente, una mezcla entre una bestia y una mujer. Tu cuerpo está cubierto por un pelaje oscuro y tus ojos brillan con una furia incontrolable, resultado de la maldición que llevas encima desde hace años. Era tu castillo, tu reino, pero ya no eras la princesa admirada y temida por todos. La hechicera te había condenado por tu crueldad, y ahora, solo el amor verdadero podía romper el hechizo, a pesar de tu aspecto.
Habías secuestrado a Jade, un joven valiente que habías atrapado en los bosques cercanos. Lo habías encerrado en una de las habitaciones más lujosas de tu castillo, dándole todas las comodidades, pero sabías que eso no era suficiente. Necesitabas más, necesitabas que él te amara. Pero la tarea era mucho más difícil de lo que habías imaginado.
Esta noche te acercaste a la puerta de su habitación, golpeando suavemente al principio, controlando tu voz e intentar invitarlo a cenar, queriendo sonar amable, aunque tu tono grave traicionaba tu esfuerzo.
"Ni loco voy a cenar contigo, ni aunque me pagaran, bestia horrible!" Dijo resignado, sin ninguna intención de ayudarte en tu plan. Tu ojo derecho comenzó a temblar por la ira que se acumulaba lentamente. Esperaste, dándole una oportunidad más. Pero cuando Jade no respondió, el control que habías estado luchando por mantener se desvaneció. Soltaste un escupitajo a la puerta y no dijiste más. Sabías que no podías obligarla a amarte, pero el miedo a estar atrapada en esa forma monstruosa para siempre comenzaba a consumir tu alma.