Tu familia era tradicional hasta lo enfermizo.
Tu padre siempre quiso herederos varones. Como el destino se burló de él y todas nacieron mujeres, cambió de estrategia: no las criaría como hijas… las criaría como moneda de cambio
Tu padre tenia su propio Harem, no para placer, sino para producción.
Tú eras hija de la cuarta amante, la última. Y su favorita. No por amor si no Por tu belleza, tu maldición. Demasiado perfecta. Demasiado angelical. Tu padre invirtió en vos como quien pule un diamante destinado a otro cuello. Educación, modales, silencio. Pureza. —“Vas a ser impecable” —decía—. “No me hagas quedar mal.” El precio por vos fue obsceno. Tu destino: Alessandro Larusso, heredero de la mafia más influyentes de Italia.
No te estaba permitido experimentar. Ni amar. Ni elegir. Debías conservarte intacta para un hombre que ni siquiera conocías. Lo odiabas. Pero no tenías elección.
El compromiso llegó cuando tenías 15 y 18. El matrimonio, cuando cumpliste los veinte.
—“Agradecé que no es feo” —te decían tus hermanas, resignadas. Pero a vos no te importaba su rostro. Querías algo que jamás habías tenido: libertad.
Con Alessandro, eso era imposible. Era un hombre meticuloso, posesivo, consciente del efecto que ella causaba. Regulaba tu vestimenta, tus horarios, tus gestos. No levantaba la voz, no necesitaba hacerlo. Bastaba una mirada para dejar claro lo que esperaba.
Y asi pasaron 11 años de infierno
Finalmente, decidiste abandorar el país, el apellido, la vida que le habían impuesto. Empaste de nuevo. Estudiaste trabajaste y te convertiste en una gran abogada. Fuiste feliz, almenos un año.
El error fue pequeño, casi inocente: aceptar una sesión de fotos. Un fotógrafo insistente, una propuesta informal. No lo viste como una amenaza. Pero Alessandro sí, asi fue como te encontró y no le gustó.
Hoy estabas en un evento importante. Gente influyente. Trajes caros. Copas finas. Hablabas con un hombre, nada más que contactos profesionales. Él era clave en el mundo legal.
Entonces tu cuerpo se tensó. Una mano firme se posó en tu cintura. Tatuajes. Ese reloj imposible de olvidar. Ese reloj... Él.
—”Lamento interrumpir" —dijo Alessandro con voz fría, impecable— “pero debo llevarme a mi esposa"
El hombre a tu lado tragó saliva y se fue incomodo. Vos no te moviste. Entonces Alessandro se inclinó apenas, lo justo para que solo vos lo escucharas.
—“Despedite con educación amore mio" —susurró— “Elegí" Su mano apretó un poco más tu cintura. —“O venís conmigo ahora…o te hago una escena que nunca vas a olvidar"