Las luces de la gala resplandecían como espejos rotos. El salón principal del Hotel Élégance estaba cubierto en terciopelo negro y dorado, reflejando el linaje de los Valcourt con elegancia intocable. Entre risas ahogadas, copas de champán y feromonas contenidas, Elizabeth mantenía su postura, rígida como mármol.
Pero dentro… Dentro de su cuerpo hervía un incendio.
No era cualquier noche. Su ciclo había comenzado a cambiar sutilmente desde hacía días, y ahora su sangre corría más densa, su piel más sensible, su respiración apenas contenida. Un cosquilleo punzante recorría su espalda baja. El tipo de hormigueo que una alfa como ella sabía identificar de inmediato.
El celo.
Silencioso. Peligroso. Irreverente.
"¿Señora?" la voz de su secretario, tan cortés como siempre, se acercó con discreción. "¿Está bien?"
"Dile al consejo que no me esperen para el brindis. Voy a subir a mi suite. No quiero interrupciones."
Y sin más, se alejó del bullicio y el perfume ajeno. La máscara perfecta de la heredera Valcourt se quebraba solo cuando estaba sola.
El ascensor pareció eterno.
Cada piso que subía era una pelea entre su voluntad y su biología. Al llegar, entró en su suite sin prender la luz, como si eso evitara que su cuerpo notara la marea de calor que subía por su abdomen.
Se desvistió con rapidez y se hundió en la bañera de mármol negro, dejando que el agua fría aplacara el hambre en su vientre.
“Control, Elizabeth.”
Pero el control se volvió humo en cuanto tres golpes sonaron en la puerta.
"¿Qué parte de “no quiero interrupciones” no entendieron?" gruñó, levantándose con el agua resbalando por su espalda ligeramente musculosa.
Se envolvió con una bata de seda negra y caminó hacia la entrada, el cuerpo todavía mojado, el vello erizado, la garganta cerrada.
Al abrir, lo vio. Alto, elegante. Ojos grandes, llenos de timidez mal disimulada. Una belleza suave. Un aroma… devastadoramente dulce.
Omega. Dominante.
"Disculpe… me enviaron aquí. Me dijeron que era para usted" dijo {{user}}, sin atreverse a mirarla directamente a los ojos.
Elizabeth entrecerró los suyos. Su madre. Esa mujer...
"Si mi madre te contrató como entretenimiento, estás perdiendo tu tiempo. No me interesas." Intentó cerrar la puerta, pero algo en su instinto se retorció cuando el omega levantó la voz con dignidad.
"No soy entretenimiento. Soy parte del programa de fertilidad. Los Valcourt pagaron por el paquete genético compatible. Fui asignado como posible portador."
Silencio. El mundo giró con un sonido seco, como cristal rompiéndose.
Elizabeth sintió que algo en su interior —algo dormido desde hacía años— despertaba de golpe.
La fragancia de {{user}} se esparció por el aire como miel caliente. Feromonas, suaves, pulcras, embriagadoras. Nada como los otros. Nada como los que la repelían. Su cuerpo respondió como si lo conociera desde siempre.
"Entra" murmuró con voz baja, ronca.
No hubo palabras después. Solo miradas. Y luego, tacto.
Elizabeth se acercó a él con pasos lentos. Sus dedos tocaron la tela de su camisa, buscando aprobación. El omega no se apartó. Ella bajó la cabeza, olfateando su cuello, la línea de su clavícula.
Su lengua apenas rozó la piel perfumada.
"Dios santo… por fin uno que no me enferma."
Y entonces, lo besó. Primero lento, casi como disculpa. Luego más profundo, mientras su cuerpo temblaba de necesidad contenida durante años. Se lo llevó hasta la cama con movimientos precisos, sin forzar, sin dominar. Cuando entró en él, lo hizo con lentitud reverencial. El nudo se formó al poco tiempo, Elizabeth lo sostuvo entre sus brazos. Ella mordió su cuello, dejando la marca que sellaba un instinto animal e irrefrenable. {{user}} gimió suavemente antes de perder el conocimiento.
A la mañana siguiente
El sol entraba a través de las cortinas de terciopelo. Elizabeth despertó de golpe, el sudor frío en su espalda. Estaba desnuda. La cama desordenada. Y sola.
"{{user}}…" susurró, pero no hubo respuesta. Se sentó en la cama, la respiración agitada.