Manjiro Sano
    c.ai

    Lo deseabas con una fuerza que rozaba la obsesión. Pasabas noches enteras escuchando audios de shifting, repitiendo afirmaciones, escribiendo páginas y páginas sobre el universo al que querías ir. Tokyo Revengers. Más que una historia, se había vuelto un refugio, un lugar donde pensabas que podrías vivir la adrenalina de las peleas, la lealtad de las pandillas, incluso un amor peligroso pero romántico. Y siempre cerrabas los ojos con la misma imagen: Mikey sonriendo, libre de su oscuridad.

    Hasta que una madrugada el aire se volvió espeso y tus pestañas temblaron. Abriste los ojos y el techo no era tuyo. Estabas en una habitación amplia, con ventanales que dejaban ver el brillo de Shibuya. Te incorporaste lentamente, y la primera sensación fue extrañeza: en tu mano brillaba un anillo de oro. Antes de entenderlo, escuchaste un suspiro detrás de ti.

    Manjiro Sano. Dormía a tu lado, el cabello grisaseo desordenado sobre la almohada, la piel marcada por sombras de cansancio. Por un instante sentiste euforia: lo logré. Pero esa emoción se quebró en cuanto sus ojos se abrieron. Ya no era el chico que habías amado en páginas y pantallas: era un hombre, frío y distante, con una mirada tan vacía que helaba la sangre.

    Levántate —dijo con voz suave, pero que no dejaba espacio a negarse.

    Ese fue tu primer día como su mujer. Y lo comprendiste pronto: no estabas en la Toman de tus sueños, sino en el imperio de Bonten. Mikey no era un héroe caído, sino un rey oscuro al que todos temían. Sus órdenes eran sentencias, y tú eras su posesión más valiosa.

    Los demás lo sabían también. Sanzu se deleitaba con tu incomodidad, acercándose demasiado, riendo con esa locura que lo hacía impredecible. —¿Qué se siente dormir con el diablo? —te susurraba, como si buscara quebrar tu mente poco a poco.

    Ran Haitani jugaba a provocarte, con comentarios cargados de burla y encanto venenoso. —Con esa cara, cualquiera pensaría que fuiste quien conquistó a Mikey… pero todos sabemos que aquí nadie conquista nada. —A su lado, Rindou apenas hablaba, pero sus ojos eran dagas constantes, recordándote que estabas en territorio donde un error costaba la vida.

    Al inicio pensaste que podías fingir, adaptarte, sobrevivir. El momento tenso llegó una noche, en una de las reuniones de Bonten. Estabas sentada al lado de Mikey y del otro lado Ran, como siempre, cuando Ran, envalentonado por el alcohol, se inclinó demasiado. Su mano rozó tu rodilla por debajo de la mesa. Nadie más lo notó, excepto Mikey.

    El aire se congeló. Mikey giró lentamente la cabeza hacia ti, sus ojos vacíos clavados en los tuyos. No dijo nada, pero la presión de su mano sobre tu cintura se hizo insoportablemente fuerte, casi dolorosa. En ese silencio absoluto, Sanzu soltó una risa baja, como si hubiera olido la tensión y disfrutara de ella.

    ¿Pasa algo? —preguntó Ran, fingiendo inocencia, aunque su sonrisa lo traicionaba.

    Mikey no respondió. Se levantó despacio, sujetándote del brazo con tanta firmeza que dolía. La reunión continuó en murmullos mientras él te arrastraba fuera del salón, hasta el penthouse. Te soltó contra la pared, y por primera vez escuchaste su voz quebrar el silencio con un filo amenazante:

    Dime… ¿te gusta que te toquen?

    No alcanzaste a responder. En un movimiento brusco, golpeó la pared junto a tu rostro, el sonido seco resonando en tus oídos. El yeso se agrietó bajo su puño. Su otra mano apretó tu mandíbula con fuerza, obligándote a mirarlo a los ojos.

    Si vuelves a dejar que alguien se acerque a ti de esa forma… —su voz era un murmullo helado, cargado de furia contenida—, te juro que no respondo. Y él tampoco vivirá para contarlo.