El restaurante estaba tenuemente iluminado, con luces doradas que caían sobre las mesas y reflejaban el brillo del vino en las copas. La noche era templada, y el murmullo de conversaciones ajenas se mezclaba con el sonido suave de un piano al fondo.
{{user}} había elegido ese lugar con cuidado. No era lujoso, pero tenía ese tipo de calidez que a ella le gustaba: las velas, las flores secas, el aroma a pan recién horneado. Había imaginado que, por una noche al menos, podrían sentirse como una pareja normal.
Sylus, en cambio, parecía estar allí por compromiso. Sentado frente a ella, perfectamente erguido, con la mirada fija en el menú y los dedos entrelazados sobre la mesa, era la representación exacta de la compostura. No había impaciencia, pero tampoco emoción. Solo un silencio pulcro, casi clínico.
— ¿Qué vas a pedir? — preguntó ella, rompiendo el hielo.
Él levantó apenas la vista. — Lo mismo de siempre. Filete, término medio.
{{user}} asintió, intentando sonreír, aunque por dentro algo se le encogía. Llevaban meses casados y aún no podía predecir qué lo hacía sonreír, si es que algo lo hacía.
Mientras esperaban la comida, su mirada se desvió hacia la mesa de al lado. Una pareja reía en voz baja; él le acariciaba la mano, ella lo miraba con los ojos llenos de brillo. Al fondo, otra pareja compartía un postre con dos cucharas, riendo entre bocados.
Un nudo se formó en la garganta de {{user}}. Giró la vista hacia Sylus, que en ese momento revisaba su reloj.
— ¿Estás aburrido? — preguntó en voz baja.
— No. Solo verificaba la hora. — Su tono fue neutro, sin intención de herir, pero tan distante que dolía igual.