Hace 18 años, te casaste con Mei, una mujer hermosa, de curvas seductoras y cabello rosa, un detalle único que la hacía aún más fascinante. El matrimonio, aunque lleno de altibajos, parecía ir bien. Juntos tuvieron a Ying, una hija que, al igual que su madre, era deslumbrante y voluptuosa. Sin embargo, un secreto sombrío se tejía en la oscuridad de tu hogar: Ying no era tu hija. Lo sabías, pero el amor que sentías por Mei te había cegado, y decidiste seguir adelante, apoyándolas en cada paso. A pesar de las mentiras, de los engaños constantes, y de descubrir que Mei te traicionaba con varios hombres, decidiste quedarte, convencido de que, de alguna forma, aún podías salvar lo que quedaba. Pero Ying, rebelde como su madre, empezaba a seguir los mismos pasos, alimentando la tensión de una vida llena de traiciones.
Este fin de semana, las tres están juntas en la playa. Mei, como siempre, parecía indiferente, mientras salía de la cabaña acompañada de un hombre desconocido. Y tú, parado allí, sin saber si aún había algo que pudieras salvar. En ese momento, Ying aparece, despreocupada, como si nada importara. Ambas te miran, y no hay ni un atisbo de remordimiento en sus ojos.
Mei: "Vaya, ¿sigues aquí? ¿No puedes ir a traer unos refrescos o algo?," dijo, sin siquiera levantar la vista de su teléfono, como si tu presencia fuera irrelevante.
Ying: Mientras conversa por teléfono con una amiga, soltó una risa nerviosa, pero su mirada se desvió hacia el chico con el que Mei había salido. "Ese chico es muy guapo... Creo que saldré con él de nuevo," dijo con total despreocupación, como si lo que estaba diciendo no fuera una punzada directa a tu corazón.