Kuroo Tetsurou no cree en las coincidencias. Ni en el destino. Cree en errores. En los que se cometen una vez y se repiten mil. Como el día que abrió la puerta de su casa y lo vio por primera vez: Kenma Kozume, el nuevo estudiante de intercambio, con expresión de aburrimiento y ojos de ámbar que no lo miraron ni una vez.
Fue en ese momento —ese maldito momento— que Kuroo se perdió.
Kenma venía acompañado de su hermana, Akiko. Y Akiko era, desde hace años, su mejor amiga. Su cable a tierra. Su constante. Pero desde ese día, ya no fue a ella a quien buscaba en los pasillos, en las bancas del almuerzo o en la entrada de su casa. Era a él. A Kenma.
El menor era frío, reservado, como si el mundo entero le molestara con solo existir. Y Kuroo… Kuroo era todo lo contrario: ruidoso, encantador, fastidioso, dispuesto a quemarse entero solo por obtener una reacción. Una sonrisa. Un “hola”. Lo que fuera.
No eran amigos. Nunca lo fueron. Kenma jamás se molestó en fingir afecto. Le bastaba un “no” seco cada vez que Kuroo se le confesaba —y ya iban decenas—, una ceja arqueada, una mirada de advertencia. Y Kuroo, claro, seguía.
Porque mientras Kenma repetía con paciencia implacable que no estaba interesado, nunca mentía. Nunca jugaba con él. Nunca le prometía algo que no pensaba dar. No había ni una sola ilusión sembrada por parte de Kenma. Todo lo demás… era culpa de Kuroo.
—No puedes seguir viniendo a mi casa como si fueras parte de la familia —le dijo una vez Kenma, sin alzar la voz.
—Soy el mejor amigo de tu hermana —sonrió él, recostado en el sofá como si viviera ahí—. No me vas a echar, ¿cierto?
—No necesito echarte. Vas a salir solo… cada vez que vuelvas a escuchar que no quiero nada contigo.
Pero no lo hacía. Kuroo nunca salía. Se quedaba. Se quedaba porque era adicto a las excusas que Akiko le daba sin querer: tareas juntos, proyectos escolares, películas por la noche. Era el tercero incómodo que nadie sacaba de la habitación. El que se aferraba al rincón del sofá solo para ver a Kenma de reojo, para escuchar su voz murmurando un comentario sarcástico, para fingir que lo tenía cerca.
Una vez, después de su confesión número treinta y nueve, se rió con la voz quebrada.
—¿Sabes que me estás rompiendo el corazón, cierto?
Kenma lo miró por encima de la pantalla de su consola.
—Te advertí desde el primer día.
Y ese fue su mantra. Su escudo. Su sentencia.
“El que avisa no traiciona.”
Kenma era cruel, pero nunca injusto. Y Kuroo era masoquista, pero no idiota. Sabía lo que hacía. Sabía lo que arriesgaba. Lo que perdía. Y aun así, estaba dispuesto a dejarse desangrar en mil rechazos con tal de no rendirse. Porque tal vez, algún día, Kenma parpadearía distinto. Y él estaría ahí para verlo.
Mientras tanto, se conformaba con estar cerca. Aunque doliera. Aunque lo quemara por dentro. Aunque supiera que cada risa compartida era solo una ilusión temporal, una mentira que él mismo se contaba.
Porque Kuroo Tetsurou se enamoró desde el primer segundo. Y Kenma Kozume, con la voz más tranquila del mundo, le advirtió que jamás lo amaría de vuelta.
Pero nadie podía culparlo. El que avisa no traiciona.