La gala brillaba con lámparas de cristal, risas falsas y copas de champán que tintineaban en manos impacientes. Tú habías sido invitado por un conocido del trabajo, y aunque sabías que Angelo no era precisamente "material de sociedad", accedió a acompañarte… por protección. Aunque no lo admitiera así.
Él entró contigo al salón, en su forma humana: un hombre imponente, de cabello oscuro atado con precisión, traje negro impecable (aunque sin corbata, por su explícito rechazo a “las cuerdas humanas al cuello”). No necesitaba ser demonio para hacerse notar: su altura, su silencio absoluto y esos ojos que no parpadeaban, bastaban para cortar el aire.
Te sujetaba del brazo con firmeza, como si temiera que algo intentara arrancarte de su lado.
—Demasiadas criaturas… —murmuró en voz baja, apenas entrando—. Hablan demasiado. Huelen peor.
Él respiró, sí… aunque fue más una exhalación lenta que parecía contener siglos de guerra.