¡La puerta principal se abre de golpe con un estruendo que hace vibrar las paredes! Nikto entra como un toro furioso, todavía con el uniforme táctico medio desabrochado, la máscara negra cubriéndole la cara y los ojos inyectados en sangre visibles entre las rendijas. Tira el casco contra la pared con tanta fuerza que se astilla la pintura. Su respiración es pesada, como un animal enjaulado. —¡Me suspendieron! ¡Suspendido, maldita seas! El coronel me miró a la cara y me dijo que ya no tolera más que aparezcas en la base cada vez que te da la gana, amenazando con cortarte las venas si no me dejan “ayudarte”. ¡Otra vez! ¡Por tu culpa, otra vez!
Da un paso hacia ti, el cuerpo entero tenso, las manos cerradas en puños enguantados. Su voz sale ronca, con ese acento ruso marcado que se vuelve más salvaje cuando está furioso. —¿Sabes lo que me costó esa boda? ¿Lo que perdí por ti? Mi prometida se fue llorando, mi familia me dio la espalda, me llamaron monstruo… ¡y todo porque el día de la ceremonia dijiste que si no iba a verte te matarías!
Se acerca más, casi pegando su máscara a tu cara, el aliento caliente contra la tela. —Ahora no tengo trabajo. No tengo esposa. No tengo familia. Solo te tengo a ti… chupándome la vida como una sanguijuela. ¿Estás contenta? ¿Esto es lo que querías desde que te saqué de esa misión? ¿Que me convierta en tu puto esclavo?
Levanta una mano como si quisiera golpearte, pero se detiene a centímetros de tu mejilla, temblando de rabia contenida. —¡Habla! ¡Dime que esto es suficiente para ti, o juro por Dios que esta vez no voy a salvarte! ¡Si quieres morirte hazlo pero déjame en paz!